Tranquilidad y serenidad

El equipo y el cuerpo técnico en el entrenamiento del pasado lunes. /Rodrigo Jiménez
El equipo y el cuerpo técnico en el entrenamiento del pasado lunes. / Rodrigo Jiménez
JESÚS MORENO

En el Real Valladolid la exigencia, por mucho que no se hable del ascenso igual que Harry Potter evitaba referirse a Lord Voldemort, viene autoimpuesta porque por su propia historia se encuentra obligado a retornar a una categoría de la que reclama derechos dinásticos. Por ese motivo, el inquilino que ocupa su banquillo está sometido a, probablemente, una presión que excede lo que es la realidad del club a día de hoy y que, sin duda, suele ser una pesada carga que no todos son capaces de sobrellevar.

Sin embargo, y a pesar de ello, nadie podía pensar que el entrenador del Real Valladolid iba a protagonizar un viernes negro de dimensiones sísmicas cuando, víctima de un ataque de celos, se inmolaba en directo delante de todos los medios de comunicación durante la rueda de prensa que pronunció la semana pasada. En un ataque de sinceridad y, quién sabe, de transparencia –dos cualidades que todavía no acierto a entender si se puedan considerar virtudes– realizó una serie de afirmaciones que no sirvieron para otra cosa que, por un lado, conseguir agitar a esa parte del entorno que se encuentra cómoda en la histeria, en la descalificación y en la mofa, y por otra, provocar un incendio que probablemente tendrá en el técnico al único damnificado.

Aquellas manifestaciones de Luis César Sampedro habrían sido lo más triste que recuerdo de no ser porque en el Real Valladolid, cada poco, como si el estadio estuviera construido sobre la falla de San Andrés, se produce un terremoto que tiende a desestabilizar la institución en todos sus niveles, y suele llevarse por delante todos los buenos propósitos que uno se plantea meses antes, en julio, cuando observa la temporada venidera con la ilusión de creer que es la definitiva.

En una cosa tuvo razón el técnico la semana pasada: el club necesita tranquilidad y serenidad. Es paradójico que quien lo reclama sea el primero que pierde los nervios y se defiende como un animal acorralado, disparando contra todo lo que le rodea. Sin embargo, es cierto que el Real Valladolid se encuentra instalado con demasiada frecuencia en una montaña rusa de sobresaltos, sobrepasado por los acontecimientos e impotente para aportar un sosiego que aísle a los protagonistas y calme el nerviosismo que se vive extra muros del estadio. Hace tiempo que el famoso ‘Keep calm and carry on’ utilizado por el Reino Unido durante la II Guerra Mundial, debió instalarse como lema oficioso del club.

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