El instante

No me veas

Míchel Herrero, se encamina hacia la banda tras su expulsión. / Foto Serrate

Los compañeros saben que una expulsión es la muerte de un aliado, uno que estaba deja de estar sin ser reemplazado por ningun otro

JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

De repente, sin haberlo previsto, por una irresponsabilidad, te ves imposibilitado para realizar la labor que tenías encomendada. Con ello, el resto de las personas que comparten objetivo contigo se ven obligadas a multiplicar su tarea: han de realizar la que les corresponde y una parte alícuota de aquella en la que tú te desempeñabas. Entonces, lo más probable es que no se llegue a buen fin -si ya es difícil completar lo propio…-, te culpabilizas y te llevas las manos a esa cabeza por la que le rondan mil preguntas, que recrea imaginariamente la situación intentando corregir en la ficción el error producido en la realidad. Las frases en condicional se encadenan: si no hubiera dicho, si no hubiera entrado al trapo, si hubiera cerrado la puerta, si no hubiera cogido el coche, si no hubiera empezado a fumar, si, si, si… Pero ya es tarde, a esta hora ya sabes que no hay remedio.

El árbitro, con su código de tarjetas de colores, ha ordenado a Michel que abandone el campo. Como los salmones, el Pucela nadaba contracorriente intentando llegar a la portería rival para desovar. Ahora, por una niñería, tendrá que hacerlo sangrando tras haber perdido una de sus aletas. El centrocampista se tapa la cara. Podría parecer que no quiere mirar, en realidad es un resorte instintivo tan infantil como la actitud previa que acarreó el castigo: se tapa la cara para esconderse pensando que si él no ve, los demás tampoco lo ven a él.

Los compañeros, hasta ese momento empeñados en la misma labor, son conscientes de la que se avecina. Saben que una expulsión es la muerte de un aliado. Uno que estaba deja de estar sin ser reemplazado por ningún otro. Se ven obligados a emprender un camino opuesto. Michel se aleja del juego, Deivid se tiene que acercar. En su cara no se muestra la misma culpa, pero sí idéntica desazón.

Unas caras, ambas, que contrastan con el rostro habitual de todo lo que sonase a blanquivioleta las semanas anteriores. Los buenos resultados habían ido llegando y lo habían hecho acompañados de un juego agradable a la vista. Un día, otro, otro y así hasta media docena de dobles buenas noticias confunden al aficionado y también al futbolista. Lo hacen sentir invulnerable, sacar la calculadora y concluir que sobrarán fechas para conseguir los objetivos. Hasta que un simple dolor de garganta nos muestra las fragilidades y permite que salga el lado hipocondríaco.

Michel camina abatido, reprochándose, como si fuera el fin del mundo. En realidad no es más que un simple aviso. Huesca es Huesca, una piedra en el zapato, sí, pero desde allí se ven los Pirineos. La temporada consiste en atravesarlos y eso nunca fue sencillo. Si no se consigue, que no sea por niñadas, por no haber aprendido.

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