Víctimas y verdugos

A banda cambiada

El autor rompe una lanza a favor del club en todo el asunto del fichaje Ortuño, al que considera un perjudicado

JESÚS MORENO

Los últimos minutos del día 1 de septiembre fueron una marabunta de ruido, ajetreo y nervios. Idas y venidas de información, en unos casos, y simples rumores, en otros. Un vaivén continuo, rítmico de ilusiones y decepciones, acompasado con el transcurrir de los segundos en su camino hacia la hora bruja. Al fin, con el tañer de la última campanada que daba por concluido en día, se hizo el silencio. Tan profundo que se podría haber escuchado, tan intenso que hasta se podía tocar.

Era la misma calma inquieta que se masca en la sala de espera de un dentista, que precede al arreciar de una tormenta o anuncia el inicio de una batalla, la misma sensación que debió sentir Scrooge mientras esperaba que se le apareciera el espíritu de las Navidades Pasadas cuando alcanzó la medianoche. Y, en el caso del Real Valladolid, el fantasma también acudió a la cita, espectral, en forma de cesiones, rescisiones, firmas, comunicados y desmentidos. Una historia cimentada sobre el ruido, el humo y el énfasis impostado, demasiado interesada en crear un escándalo de una serie de actuaciones que no dejan de ser legales por mucha apariencia de irregularidad que se les quiera otorgar. Y de las que, en todo caso, sería el Real Valladolid quien aparecería perjudicado por ellas y, en una suerte de víctima colateral, por la lucha de intereses que enfrentaba a la Unión Deportiva Las Palmas y ese jugador suyo, convertido en oscuro objeto de deseo por parte de buena parte del fútbol profesional menos rutilante, llamado Alfredo Ortuño.

Sin embargo, en el imaginario de una parte de la prensa y la afición local, se corrió a señalar con el dedo la actuación del club. Verdugo hasta cuando es el damnificado. Condenado en el presente por lo que pudo hacer en el pasado. Tan culpable por esperar a Ortuño hasta el último segundo del último día -y más allá- como lo habría sido si, en un ataque de orgullo, hubiera renunciado a su contratación una vez el jugador quedó libre. Reo, al fin, por hacer una cosa o la contraria.

El cierre del mercado de fichajes, con el estrambote actual a medio concluir, ha sido un digno final a una época estival marcada por los prejuicios, los sospechosos habituales y la crítica maniquea. Agotador y todavía estamos en septiembre.

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