Una vida de cine

Hervías durante el partido del pasado viernes ante el Real Oviedo. /Mario Rojas
Hervías durante el partido del pasado viernes ante el Real Oviedo. / Mario Rojas
JESÚS MORENO

En estas, el Real Valladolid hizo el mejor partido de la temporada fuera de casa para resucitar de entre los muertos y alargar así la temporada al menos una jornada más. Lo bueno que ha tenido el discurso de Sergio González desde que aterrizó en Zorrilla es eso: sabedor de que fijar la vista en objetivos a medio plazo podría provocar que aquellos quedaran vacantes al primer contratiempo, el libreto del nuevo entrenador se basa en no mirar más allá del siguiente fin de semana, del siguiente partido, abrazando definitivamente esa filosofía de vida, más o menos impostada, que tan buenos frutos ha dado a orillas del Manzanares y que obliga a no pensar en otros objetivos ajenos al de derrotar al siguiente rival que se ponga delante.

Lo malo de poner en práctica aquellas enseñanzas es que, desde el último otoño, el equipo se encuentra situado en una posición que le ha obligado a convertir en finales todos y cada uno de los encuentros restantes si no quería transformar en meros trámites las jornadas que le restaban hasta el final de temporada. De manera que puede darse la paradoja de que a fuerza de calificar como de final todos los partidos disputados de unos meses a esta parte, el resultado sea que se diluya la trascendencia de los mismos hasta el punto de que ninguno merezca esa consideración con el riesgo añadido de que eso provoque la desaparición de la intensidad, concentración o actitud necesarias para afrontar cualquier encuentro.

Así, caminando entre la irregularidad y la inconsistencia, a lomos de una montaña rusa ciclotímica con los dientes de sierra, el Real Valladolid vive deshojando la margarita de la esperanza de unos aficionados que no saben si mantener viva la llama de la ilusión o comenzar a oxigenar el cerebro para empezar la temporada venidera con nuevos bríos. Resistiendo a su propio destino de la misma manera que lo hacía Rocky Balboa frente a aquellos púgiles con los que compartía cuadrilátero, patético, agónico, tambaleante, pero duro y heroico. Siempre en pie y final feliz, haciendo suyo el lema de que quien resiste gana. Desgraciadamente, fantasear con una vida cinematográfica y un Real Valladolid de celuloide provoca que inconscientemente aparezca aquella pregunta que tantas veces repetía el gran Andrés Montes en sus retransmisiones: ¿Por qué en las películas siempre ganan los buenos y en la vida real siempre ganan los malos?

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