1931: El Valladolid elimina al Atlético de la Copa

Recién proclamada la República, el fútbol relegó a la política. Miles de personas recibieron a los jugadores ante la sede social

Este era el aspecto de la calle Duque de la Victoria cuando llegó el autobús del Valladolid, con miles de aficionados aclamando a los jugadores, dos de los cuales saludan desde la baca del Chevrolet. Al fondo, fachada de la elegante camisería y guantería 'El Buen Tono'./
Este era el aspecto de la calle Duque de la Victoria cuando llegó el autobús del Valladolid, con miles de aficionados aclamando a los jugadores, dos de los cuales saludan desde la baca del Chevrolet. Al fondo, fachada de la elegante camisería y guantería 'El Buen Tono'.
JOSÉ MIGUEL ORTEGA

Los acontecimientos se sucedieron con velocidad vertiginosa. La proclamación de la II República, el 14 de abril de 1931, trajo un cambio de Régimen, la caída de la Monarquía, una nueva Constitución, una nueva bandera, un nuevo himno, un nuevo Ayuntamiento y, en medio de ese torbellino de acontecimiento, la primera gran hazaña futbolística del Valladolid, ya que nada más acceder el Gobierno Provisional, todas las sociedades que lo tenían, perdieron el título de 'real' en su enunciado.

De la noche a la mañana, el Real Valladolid, que militaba en 3ª división, pasó a llamarse Valladolid Club Deportivo y con esa denominación afrontó la eliminatoria de dieciseisavos de final de la Copa de España contra el Athlétic Club de Madrid, que se llamaba así desde su fundación en 1902, porque se creó como una sucursal en el 'foro' del Athlétic Club de Bilbao, por un grupo de aficionados vascos.

El primero de los encuentros de la eliminatoria se celebró en el campo de la Sociedad Taurina, el 26 de abril de 1931, con un cierto ambiente de pesimismo en la afición local, que no tenía mucha fe en que los blanquivioletas pudieran doblegar a un rival teóricamente muy superior.

Pero se equivocaron. Antón Achalandabaso, que ejercía de jugador–entrenador tras la marcha de Platko, convenció a sus compañeros de que había que plantar cara al adversario para poder dar una alegría a su parroquia en aquellos días revueltos que vivía la ciudad. Y vaya si lo consiguieron.

En el primer minuto, Susaeta batió al portero madrileño ante la perplejidad de los aficionados, que volvieron a saltar de júbilo cuando el propio Susaeta conseguía el segundo, poco antes del descanso, en el minuto 43. Reaccionó el At. Madrid en la segunda mitad, pero su dominio fue estéril hasta que Ordoñez aprovechó un rechace de Irigoyen para dejar abierta la eliminatoria.

El 3 de mayo volvieron a verse las caras ambos equipos en el campo de Chamartín –el Metropolitano era propiedad de una empresa que se dedicó aquella temporada a organizar carreras de galgos- con la esperanza rojiblanca de poder superar el gol de ventaja de los vallisoletanos. De hecho, a los 25 minutos ya estaba igualada la eliminatoria con el tanto de Losada, pero lejos de amilanarse, el Valladolid jugó a la contra y en la segunda parte dio la vuelta al marcador, con goles de Cimiano a los 50 minutos y de Anduiza, a los 75. La sorpresa estaba consumada y estos fueron los protagonistas de la hazaña: Irigoyen; Chacártegui I, Chacártegui II; Gabilondo, Antón, Grande; Cimiano, Susaeta, Anduiza, Salvadores y Pablo López.

Cuando a través del teléfono llegaron las primeras noticias de la gesta blanquivioleta, la ciudad entera salió a la calle a festejar este éxito deportivo al que no estaba muy acostumbrada, aunque la fiesta grande tuvo lugar al día siguiente, cuando los vallisoletanos se enteraron por medio de octavillas y de las pizarras que los periódicos colocaban en la fachada, de que los jugadores llegarían a media tarde.

Y en efecto, en torno a las seis y media, la sirena de la estación hizo saber que el Chevrolet azul en el que realizaba sus viajes, el flamante vencedor de la eliminatoria copera llegaba a la Plaza de Zorrilla, donde esperaba la junta directiva con dos bandas de música para recibir como héroes a los muchachos de Antón. Después, en un gesto llamativo de caballerosidad, fueron a casa de la madrina, Pilar Moliner, para ofrecerla el éxito, y por último a la calle Duque de la Victoria, donde en el número 4, encima del Café Valladolid, tenía el club su sede social. Miles de aficionados se habían congregado allí para mostrar su admiración a los blanquivioletas, que a duras penas pudieron bajar del autobús entre tantas muestras de cariño.

Don José Cantalapiedra y los miembros de su junta directiva, poco habituados a un triunfo de tanta repercusión, ofrecieron a la plantilla una cena homenaje, y el nuevo Ayuntamiento también quiso hacer una recepción al equipo que, al menos durante unos días, había llevado al candente tema político a un segundo plano.

Lo malo fue que, entre tanto festejo, los jugadores se relajaron y en la ronda de octavos cayeron sin paliativos ante un rival teóricamente más asequible, el C.D. Logroño. No obstante, eliminar al At. Madrid –el equipo cortesano le llamaba El Norte en su crónica– quedó como el primer gran hito de la historia del club. El siguiente, también frente el mismo rival cuando se llamaba Atlético Aviación, tendría lugar once años después. Pero esa es otra historia…

 

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