Del banquillo de Zorrilla al despacho de Nervión

Joaquín Caparrós da instrucciones desde la banda en el último encuentro. /Efe
Joaquín Caparrós da instrucciones desde la banda en el último encuentro. / Efe

Joaquín Caparrós tuvo en su mano el contrato para dirigir al Valladolid antes de la llegada de Sergio González

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Si Joaquín Caparrós hubiera entrado ayer al vestuario del Real Valladolid, seguramente hubiera colgado un cartel de grandes dimensiones con algunas de las frases que tanto gustan al técnico de Utrera para motivar a los suyos. Quizás aquella que escribió en Riazor antes de una cita europea: «Los equipos grandes son los que se saben levantar». Tal vez alguna más incendiaria si se tratara de un derbi andaluz contra el eterno rival.

El técnico que bien pudo sentarse en el banquillo que mañana ocupará Sergio es un motivador nato, y sus equipos pueden dar fe de que en su libreto futbolístico el balón no es lo más importante. Mucho antes de tocar la pelota, sus jugadores están obligados a vivir el juego con la misma pasión con la que lo vive él. Y en su caso, eso es mucho decir.

No en vano, Joaquín Caparrós (Utrera, 1955) dejó en su día su plaza de funcionario en un pueblo de Cuenca para ser entrenador. Era su sueño y no desistió en el intento hasta conseguirlo. De ahí que aquel esforzado aspirante a profesional en la cantera del Castilla hiciera méritos en campos tan humildes como los del Campillo, Montilla, Alcázar, Conquense, Manzanares o Moraló antes de asomarse a la elite en el banquillo del decano del fútbol español, el Recre.

No quiso firmar la cláusula de meter al equipo en promoción de ascenso para garantizarse otro año

En Huelva logró el ascenso a Segunda, y ya por entonces, año 1999, se ganó la fama que todavía le acompaña como entrenador escrupuloso y disciplinado hasta la obsesión. Da igual si se habla de la táctica a emplear o de la dieta alimenticia de sus jugadores. Lo supervisa absolutamente todo. Algo sabe de esto el propio Sergio González, que le tuvo como entrenador dos temporadas en el Deportivo de La Coruña, donde prohibió a los jugadores las bebidas gaseosas y donde consiguió, entre otras cosas, que determinados jugadores perdieran cinco kilos para mejorar su rendimiento.

Fue también en Riazor donde instauró una cena semanal –luego cedería para convertirla en mensual– para fomentar una unidad que no existía entre la plantilla.

Antes de La Coruña tuvo que vivir Caparrós algún que otro revés, como el sufrido en Villarreal, donde apenas duró siete jornadas. Aquel bofetón le abrió, sin embargo, las puertas del Sevilla en la temporada 2000/01 cuando el club de Nervión purgaba penas en la Segunda División. Fue, sin duda, su consagración ya que el técnico logró primero un nuevo ascenso para llevar al club hispalense posteriormente a competiciones europeas.

De aquella etapa son bautismos tan sonados como los de Sergio Ramos, José Antonio Reyes o Jesús Navas, que siempre le ha considerado su 'padre futbolístico'. Con estos jugadores e incluso de la mano de Monchi, con el que formó uno de los tándems más gloriosos del fútbol español, escribió alguno de los capítulos más brillantes de la historia del Sevilla. De aquella unión llegaron algunos de los jugadores con más talento que ha tenido el club andaluz, caso de Julio Baptista.

Con el actual técnico blanquivioleta coincidió en La Coruña, donde llegó a prohibir las bebidas gaseosas

Como técnico, en el Sevilla imprimió el sello de equipo que juega al límite y no da un balón por perdido. El de bloque sólido que no regala ni da concesiones al rival. Ni en aquella etapa ni en esta nueva ventana que ha abierto recientemente tras la destitución de Pablo Machín. Caparrós, hasta entonces director deportivo, cuenta tres partidos como entrenador con dos victorias (Espanyol y Alavés) y una sola derrota (Valencia).

Mañana volverá a coincidir con Sergio González años después, uno en cada banquillo, pese a que el de Utrera bien pudo haber acabado en el puesto del catalán hace ahora un año cuando la continuidad de Luis César Sampedro empezó a cuestionarse en los despachos de Zorrilla.

Las conversaciones llegaron entonces a buen puerto, hasta el punto de que el propio Caparrós tuvo en su mano el contrato para firmar y empezar a dirigir al Real Valladolid, pero sus exigencias de última hora cuando el acuerdo era prácticamente total acabaron por convertirlo en papel mojado. Primero exigía llegar acompañado de su ayudante y aceptó renunciar a él; y posteriormente no quiso firmar la cláusula de meter al equipo al menos en promoción de ascenso para garantizarse una segunda temporada en Valladolid.

Cada uno siguió su camino, y el final es de sobra conocido por todos. La reunión con Sergio fructificó y el ascenso fue una realidad apenas dos meses después.