La buena y la mala desconfianza

El autor del artículo repasa lo que ha supuesto la llegada de las nuevas tecnologías al mundo del fútbol

Imagen de uno de los últimos partidos del Real Valladolid. /R. Gómez
Imagen de uno de los últimos partidos del Real Valladolid. / R. Gómez
JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

Nada pues hay aquí secreto que no se deba manifestar; ni cosa alguna que se haga para estar encubierta, sino para publicarse. Marcos 4:22

Si tuviésemos que hacer una lista de virtudes y otra de defectos, en principio no nos parecería una tarea ardua. En principio, porque una vez paramos a pensar nos damos cuenta de que existe cierto grado de coincidencia. La palabra 'bondad', intuitivamente, caería en el primer cajón. Dándolo otra vuelta recordaríamos que alguna vez dijimos, en referencia a algún amigo, aquello de 'es tan bueno que parece tonto'. Algo similar ocurre con 'desconfianza'. Inicialmente, a quien así tildamos, le imaginamos con una cara agria, con un aire de desairada suspicacia. En una segunda vuelta nos hacemos conscientes de que esa desconfianza nos permite estar prevenidos ante quien puede usar su posición para engañarnos; es más, esa misma desconfianza es la esencia de una sociedad democrática en la que los poderes y contrapoderes existen para -otra cosa es que lo hagan- vigilarse mutuamente.

Pero como con la bondad, el exceso de 'desconfianza' nos acerca a los conspiranoicos, a pensar que la Tierra es plana, que Armstrong no pisó la luna o que las vacunas son inventos de las multinacionales para mantenernos en eterno estado de enfermedad.

En cuestiones del arbitraje futbolístico, hasta ahora, el límite de la desconfianza estaba claro: los árbitros siempre favorecían a los grandes y perjudicaban a mi equipo. La llegada del VAR supuso una pequeña esperanza, la tecnología de inicio impresiona, que pronto se ha hecho trizas. De repente el sistema vuelve a estar en cuestión y reverdece aquel juicio previo: el VAR perjudica a mi equipo. Al fin y al cabo nada hay más parecido a un aficionado de un club que un aficionado del club rival y nada hay más característico de un aficionado que sentirse siempre maltratado. Por parte pucelana cabe decir que la queja, en este caso, tiene sentido: el VAR ha sido injusto -situaciones similares, decisiones diferentes- con el Real Valladolid. Vamos, que la moneda siempre cayó de cruz. Pero me da que esto es un accidente estadístico como aquella vacuna en mal estado que sirvió a algunos para iniciar una campaña de descrédito al sistema de vacunaciones.

Una cosa sí hemos aprendido: si pretendemos que el VAR funcione, al margen de la tecnología, es imprescindible la unificación de criterios, un protocolo que indique cuando sí y cuando no. No se puede tolerar un VAR con filosofía oscilante. A partir de ahí, a jugar y, a ser posible, a ganar. No pongamos la venda antes de hacernos la herida.

 

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