El centro del campo vaciado del Real Valladolid

El autor compara la vida rural y la del conjunto pucelano cuando Míchel Herrero no está en el campo

Sergio da indicaciones a Míchel. /G. Villamil
Sergio da indicaciones a Míchel. / G. Villamil
JOAQUÍN ROBLEDO

Aquel mundo empezó a morir cuando a mitad del siglo XVIII una serie de inventos tecnológicos modificaron las formas de producir y distribuir. Se puede decir que la máquina de vapor portaba en su seno nuevos modelos sociales y económicos. Pero no solo una vez, el ingenio de Watt, la capacidad de multiplicar la energía utilizable, fue el embrión que inexorablemente habría de generar una catarata de nuevos inventos que sucesivamente voltearían las dinámicas relacionales. O acentuarían las que se apuntaron tras la primera transformación: la economía deja de asentarse preponderantemente en la agricultura y se comienza a sustentar en la industria. Las ciudades son las nuevas tierras de promisión.

Un par de siglos después, un hijo, o nieto, de la máquina de vapor, el tractor, se presentó en los pueblos como ayuda para las labores del campo. Su presencia, sin embargo, desencadenó el éxodo. Donde en un pasado reciente hacían falta cien manos, ahora con cuatro probablemente sobraban dos. El tractor se quedó solo, la gente se tuvo que ir. No le culpemos, el tractor actuó sin más a la manera de un catalizador en una reacción química, acelerando un proceso que, dicho está, venía impreso en los cromosomas de la primera revolución industrial. Veinte años marcaron la defunción de un mundo rural que tenía valor por sí mismo para dar paso a territorios relegados al papel de periferia.

No sé qué deparará el futuro, en mi bola de cristal no puedo ver el momento en que el mundo rural vuelva a ser considerado por sí mismo. Sé que con las dinámicas actuales no hay forma de revertir el proceso de agonía de esos territorios que ven -o vieron- cómo un día se fueron las gentes que los mantuvieron vivos. Sé, también, que para las ciudades es imprescindible esa actitud generosa y suicida, ese volcar su carga de materias, energía y mano de obra al insaciable estómago de unas urbes agigantadas. Sin mundo rural no hay ciudad que resista.

Sí, vale, es en las áreas -como en las ciudades- donde se reparten los jornales; pero si no existe centro del campo que surta de balones a los delanteros o que colabore con los defensas en las tareas de guarnición, no hay equipo que aguante. Ayer, como tantos otros días, el centro del campo pucelano parecía vaciado, como si el equipo pretendiese subsistir apretando el culo atrás y buscando las habichuelas adelante. Y sin centro del campo, nadie come. Pareció demasiado evidente. Sergio quiso tomar medidas contra la despoblación. Michel, al campo.