Real Valladolid

Depresión generalizada: 382 minutos sin marcar

Verde se lamenta en una acción ante el Betis. /Villamil
Verde se lamenta en una acción ante el Betis. / Villamil

Desde la grada al césped, la derrota provoca una impotencia general en vista de un rival que, con el mínimo esfuerzo, logró el máximo premio

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

El sopapo recibido ayer dolió en el césped pero resonó en todo el estadio, donde se experimentó ese proceso que, por conocido, no está exento de sorpresa ni evita una colección de caras de incredulidad en los minutos finales. Cara de tonto, se decía entonces y no ha perdido actualidad. 'Yo este partido ya lo he vivido otras veces', comentaba un aficionado escaleras abajo al término del encuentro. Bastaría con rebobinar a los años en los que se coquetea con el descenso hasta el último suspiro para encontrar escenarios como el vivido ayer en Zorrilla. Partidos en los que, llegado el descanso, se puede oler y hasta escuchar el miedo.

Y si de rebobinar se trata, la cinta que nos pasaron ante el Betis ya deberíamos conocerla de memoria por las miguitas que el equipo de Sergio ha ido dejando por el camino durante la temporada cuando juega en casa. En Zorrilla, el Valladolid juega dos partidos... y visto lo visto en ninguno de los dos es capaz de marcar.

De expediente X es lo que le pasa en las primeras partes, donde los rivales tienen la oportunidad de apuntarse medio partido con media oportunidad. Antes de alcanzar los vestuarios, hasta el menos avispado ha celebrado ya algún gol. Y ahí, el balance que arroja en Valladolid no lleva a engaño. Doce partidos se han jugado en Zorrilla y antes del descanso ha encajado 15 goles por solo 4 anotados, lo que se traduce en el peor de los balances de la Primera División (-11).

El de ayer no fue una excepción, ya que en los primeros 45 minutos los de Sergio habían rendido su particular homenaje a Antonio Machado en la semana del 80 aniversario de su muerte, dividiendo al estadio entre el Zorrilla que languidecía viendo a su equipo y el Zorrilla que bostezaba. Entre agitar la bufanda en el primer minuto y desenvolver el bocadillo en el 46, el aficionado solo había abandonado el asiento para empujar un balón que Guardiola tardó media liga en rematar dentro del área pequeña.

Un juego plano y sin recursos que no construía más que centros insulsos e imprecisos desde ambas bandas. Entonces, llegó el descanso y el más pesimista de los miedos recorría ya todo el estadio. De vomitorio en vomitorio hasta llegar a la general pasando por tribuna.

Alcaraz se desespera en uno de los últimos lances del partido.
Alcaraz se desespera en uno de los últimos lances del partido. / Villamil

Y ahí empezó a jugarse el segundo de los dos partidos que juega el equipo de Sergio González siempre que actúa como local. Y ahí sale mejor librado, firmando uno de los diez mejores bagajes del campeonato gracias a los 15 goles que ha marcado tras el descanso y pese a los 16 que ha encajado (-1).

Pareciera que necesita una colleja que le haga reaccionar y ejercer de muelle para agachar la cabeza y buscar la remontada. Pero ayer la otra cara también acabó partida, y ni siquiera el plan B de regresar a los tres centrales para dejar los dos carriles a Antoñito y Nacho, y atacar con el tridente Verde-Plano-Guardiola, surtió el efecto esperado. Da igual como vistas al enfermo si no tiene chispa ni la pegada suficiente para inquietar la portería rival. Es ahí donde se juegan las ligas, donde se levantan los títulos, la vía para llegar a Europa y también para caer a zona de descenso.

Y en esa carrera ahora mismo el Valladolid está en clara desventaja después de 382 minutos sin marcar –dos tantos en los últimos seis partidos–, y ante 'rivales' que sí cuentan con definidores natos, caso de Raúl De Tomás (Rayo), Gerard Moreno, Ekambi o Bacca (Villarreal), Stuani (Girona), Borja Iglesias (Espanyol) o Iago Aspas (Celta) en cuanto abandone la enfermería.