Real Valladolid

Derrota que sabe a victoria

El gesto de Antoñito tras una ocasión errada lo dice todo./ R. Gómez
El gesto de Antoñito tras una ocasión errada lo dice todo. / R. Gómez

El fútbol en el estadio Santiago Bernabéu lo puso el Real Valladolid

JUAN ÁNGEL MÉNDEZMadrid

Salgo del Bernabéu orgulloso, feliz. No me importa la derrota, es mucho más importante la lección de fútbol y actitud que le regaló el Real Valladolid al Madrid en el salón de su casa. Sentarte en la zona noble del Bernabéu, rodeado de abonados de toda la vida, para ver semejante repaso es una sensación incomparable.

A mi derecha, Joaquín, 47 años de antigüedad en el carné. A mi izquierda, Juanito, camiseta blanquivioleta en el torso y bufanda sobre los hombros, marcando territorio. El sol nos permite lucir colores. Unas filas más abajo, Ramiro Ruiz Medrano retrata el momento con su joven acompañante. Arriba, en diagonal, en el gallinero, los hinchas castellanos apagan la voz de la grada de animación merengue, los ultras de antaño que ahora bailan al son que marca un cargante director de orquesta que tiene tan alto el micro con el que da las órdenes, que genera un poco de vergüencilla ajena. «Vamos señores, arriba. Brazos en alto, subimos la pancarta, vamos a cantar y caldear esto». A los del Pucela les basta con el juego de su equipo para arrancarse y dejarse la garganta. Es lo mínimo que pueden hacer con unos futbolistas que entregan el alma en un césped del que han salido goleados en demasiadas ocasiones.

Mientras el Madrid anda, el Real Valladolid vuela. Las posiciones siempre ordenadas desesperan a sus oponentes y también enfrían a una tribuna que ya no disfruta. «No se mueve ni dios, como no quite a Bale y Asensio no hacemos nada», espeta un fan con acento andaluz. «Que saque a Vinícius», lanza el forofo que protesta hasta cuando el árbitro marca el descanso. Gordito y acalorado.

El banquillo del Pucela me pilla muy cerca, estamos justo encima, un piso arriba del palco donde Ronaldo y Florentino se reencuentran como presidentes. El duelo de técnicos también es desigual. Sergio luce su look de siempre, camisa por fuera del vaquero y camiseta blanca debajo para esquivar al frío que se aproxima. Solari luce de traje, impecable, pero sin las zapatillas de suela blanca que calzaba el destituido Lopetegui. En ideas, por lo que se aprecia, el libro del técnico albivioleta es mucho más rico y extenso.

Hay camisetas del Real Valladolid por todas partes. Allá donde mires, hay un hincha que le guiña el ojo a Juanito, quien recibe también la palmadita de ánimo al otro lado del cristal de los palcos VIP que están a nuestra espalda. Los del Pucela tenemos clase para disfrutar con el equipo y compartir la felicidad con los manjares que tiene la zona noble del Bernabéu. Somos así.

Todo iba bien. Dos obuses al larguero, una mano de Courtois a Toni. Los abonados que me rodean echando pestes y elogiando al Pucela. «Qué bien juegan, cómo se nota la mano de Sergio, no rifan una pelota y nunca descomponen el esquema», analiza mi partner de la diestra. Y en esto que estaba el Real Valladolid camino del punto en el Bernabéu y Solari pegó oreja. «Saca a Vinícius», replica el forofo. El brasileño corre hacia el banco y la grada, que estaba esperando el tiro de gracia del cuadro castellano, enciende la última cerilla.

Lucas por la derecha y Vinícius por la izquierda revolucionan el partido, pero el Pucela sigue firme. «Estos solo pierden si se meten un gol en propia puerta», pronostica el abonado de mi derecha. La frase me rebota en el cerebro. Minuto 80. Espero que no tenga razón, pero lleva demasiados años en la misma butaca y ha visto esta película muchas veces. El pequeño domina, falla ocasiones, da una lección, sí, pero no marca. Y el Madrid solo necesita un cuarto de oportunidad para marcar. Tres minutos más tarde Vinícius envía un melón desesperado, choca en la espala de Olivas y adiós. Gol. El penalti posterior ya es una mera anécdota. El Madrid gana y rompe su racha negativa, pero sus seguidores se van con la sensación de que la victoria responde a un ejercicio de inercia y suerte, nada que ver con el fútbol, que en el Bernabéu lo puso el Real Valladolid.

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