Dimitrievski hurtó a Míchel la oportunidad de que terminase medio bien el partido del Real Valladolid

El autor compara el penalti detenido por el meta macedonio con sus andanzas tratanto de regresar a casa de sus padres para celebrar una Nochevieja

Dimitrievski se estira para detener el penalti lanzado por Míchel./R. Gómez
Dimitrievski se estira para detener el penalti lanzado por Míchel. / R. Gómez
JOAQUÍN ROBLEDO

Pretendía volver a casa de mis padres para pasar la Nochevieja. El tren me acababa de dejar en aquel pueblo, pequeño ma non troppo, a unos veinte kilómetros del mío. Como hacía tiempo que no había tomado esa ruta, quise asegurarme y pregunté al primer vecino con que me crucé.

-Es ya de noche, hace mucho frío y hay no menos de una docena de kilómetros, ¿no será mejor que llame y le vengan a buscar en coche?

Creo que mi sonrisa fue suficiente para convencerle de que la decisión estaba tomada por más que el sol se hubiera escondido unas horas antes y de que fuese la víspera de fin de año. El hombre estiró el brazo y con su dedo me indicó el camino.

-¿Ve usted esa ermita? Bien, pues llegue a ella y una vez allí tome el camino que sale de frente. Siga usted todo recto, no tiene pérdida.

Eso hice, pero no debió de ser tan así pues al poco me topé con el brocal de un pozo que ponía punto final al camino. Era obvio que me había equivocado, que en algún punto había perdido la línea recta y me había desviado. Media vuelta. Volver al punto de partida no suponía riesgo alguno, los destellos de las luces de las farolas del pueblo de partida eran visibles a esa distancia y me servirían de guía, no cabía pues la posibilidad de quedarme perdido en tierra de nadie.

De nuevo en la ermita. De frente solo hay un camino. En cualquier caso con la mirada no encuentro nadie a quién preguntar. Minutos más tarde, el mismo brocal, el mismo pozo. Maldigo. No me queda otra que volver. Por tercera vez en el pueblo de partida, ahora me planteo pasar la noche allí y reintentar el viaje con la luz del día. Me adentro en el pueblo. Encuentro abierto un bar, entro y pregunto. Nada, no hay ningún hostal, albergue, ni nada parecido. Trenes para volver a Pucela, a esas horas, tampoco. La única opción cabal era llamar a mi padre para que me fuera a buscar aunque ello supusiera aguantar el chorreo.

De repente sonó el teléfono.

-¿Qué tal remataste? Supongo que ya estarás en el pueblo.

Cuando le conté la odisea le entró la risa floja.

-Lo que mal empieza… Voy a buscarte, ¿no?

Unas horas antes me había encontrado a mi interlocutora cuando yo volvía al vestíbulo de la estación pucelana después de que un revisor no me hubiera permitido subir con mi bici al tren inicialmente previsto. Como ella volvía a casa sin prisa y yo tenía tiempo hasta el siguiente tren, bien venía un café con puesta al día.

A la segunda tampoco tuve mejor suerte. Me acerqué al andén cinco minutos antes de la hora anunciada de salida. En la vía correspondiente había un tren. No podía ser otro que el mío, pensé. Subí y arrancó, sí; pero caminaba en el sentido opuesto. Había vuelto a liarla. Llamé a mi amiga para regodearme en mi impericia.

Bajé de ese tren en la primera estación que pude, Venta de Baños si no recuerdo mal. Allí estuve esperando hasta encontrar otro tren que me trajese a Pucela para buscar una tercera oportunidad. Esta fue la buena, la que dio inicio a todo lo que ya les he relatado, a la segunda parte de torpezas, despistes y pérdidas.

Así que allí estaba, en aquel pueblo sin sitio donde dormir, muerto de frío, pasadas las doce de la noche. Hasta que en el último minuto, cuando empezaba a pensar en claudicar, el árbitro me pito un penalti a favor.

Voy a buscarte, ¿no?

A diferencia del lanzado por Michel, aquí no había Dimitrievski que me lo pudiera parar. De lo contrario me hubiera arrecido. O peor, hubiera tenido que aguantar a mi padre.