Evolución e involución en el fútbol base

El autor reflexiona sobre el mal comportamiento de los entrenadores en los partidos de los más pequeños

Evolución e involución en el fútbol base
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JUAN ÁNGEL MÉNDEZValladolid

A la espera de que el Real Valladolid retome el sábado el pulso a la competición, aprovecho este rincón para reflexionar sobre la esencia del fútbol y sus valores, algo que con el paso del tiempo tal vez estemos perdiendo, sobre todo en lo que hace referencia al deporte base. Desde hace un par de días, circula en los grupos de WhatsApp un mensaje que remueve mi memoria. 'Las 20 reglas del fútbol callejero de mi época'. El título es evidente. El balompié de nuestra infancia, el partido contra los chicos del barrio de al lado, las chaquetas que simulaban postes, la autoridad de los mayores o la ley de la botella. El recreo. El juego en plena calle, la diversión y las reglas adaptadas a cada partido. Algunas eran coincidentes, pero otras dependían, a veces, de las circunstancias. El caso era jugar, pedir siempre gol cuando sabíamos que nuestro disparo había superado el larguero imaginario y gritar 'alta' cuando el que encañonaba con potencia era el contrario.

Sigo el fútbol base a diario y la evolución de los tiempos salta a la vista. A veces involución. Y no solo en lo relativo al juego callejero, que está en vías de extinción como consecuencia de las normas inflexibles de los que prefieren a los niños delante de una consola o en el banco del parque haciendo botellón. 'Prohibido jugar a la pelota' es el lema. El ámbito de competición también ha cambiado por completo. Antaño jugábamos por afición y los entrenadores dirigían sin titulación. La mejora en la parte técnica ha sido evidente y ahora es necesario aprobar un examen para ejercer, lo que ha eliminado a muchos hinchas de barra de bar que desahogaban su frustración desde el banco. Digo a muchos porque todavía quedan bastantes, aunque ahora con certificado. Los padres merecen un capítulo extra. Eso para otro día.

Voy a centrar el tiro en los entrenadores. Ver una roja en cualquier categoría inferior me sonroja. Y si es de un entrenador en el minuto 10 de un partido de alevines, como el pasado sábado, me enoja. Pésimo ejemplo, pero más allá de los choques que se perderá, creo que el sistema debería ir un paso más allá en las sanciones para erradicar a los energúmenos de libreta y delirios futbolísticos quebrados. Lanzo el guante. Propongo que una roja al banquillo, desde prebenjamines a cadetes, suponga la pérdida inmediata del partido en curso, 3 puntos menos en la tabla y el tiempo de ausencia que marque el reglamento para el protagonista. Es una forma de tocar la fibra de los que priorizan su ambición sobre cualquier atisbo de formación. También es una manera de educar a los que, con una equivocada competitividad, atraviesan la frontera del insulto y los malos modales delante de niños que les toman como ejemplos.

 

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