Fondo de armario

Los jugadores del Real Valladolid celebran la victoria en Villarreal. /@omaranau
Los jugadores del Real Valladolid celebran la victoria en Villarreal. / @omaranau
JUAN ÁNGEL MÉNDEZ

El Real Valladolid no tiene el vestidor que lucen los millonarios de LaLiga, cuenta con un armario pequeño pero muy coqueto y ordenado al milímetro, lo que le permite competir ante cualquier oponente con la fiabilidad que aporta el inmenso compromiso de todo el vestuario. Es la clave del éxito. El conjunto blanquivioleta no tiene fisuras y lo demuestra en cada partido. Sea cual sea el planteamiento de Sergio, sus futbolistas siempre se presentan en el césped con la solidaridad como seña de identidad. Hasta el futbolista más talentoso se remanga para achicar espacios y salir volando a la contra. Esto hace que adversarios sobre el papel mucho más potentes, como el Villarreal, no puedan desenmarañar el tupido dibujo castellano. La calidad aislada, salvo la excepción de Messi en el Barcelona, rara vez esquiva el puño de acero que representa la dictadura de un grupo con las ideas tan claras como el cuadro pucelano.

Sergio y sus futbolistas están tan conectados que a veces una mirada es suficiente para que el jugador interprete una orden. El técnico reúne todas las cualidades que debe destilar un líder, sea cual sea su ámbito laboral. Plantea con criterio cada envite, hace clic en la mente de sus futbolistas para inyectarles compromiso y sentimiento de pertenencia al club, sabe dialogar y siempre aporta soluciones cuando aparecen los contratiempos. Su equipo confía en él sin miramientos y no importan las bajas, el colectivo siempre es más importante.

En muchas ocasiones, los clubes modestos que llegan a la élite se vuelven locos en busca de estrellas que llegan para lucir en solitario, las antípodas del fútbol coral que exhibe el Real Valladolid. En el caso de la entidad castellana, la estrella está en el banquillo y es un enorme acierto por parte de Carlos Suárez y Miguel Ángel Gómez haberle dado a Sergio toda la confianza para dirigir un vestuario que suple las limitaciones presupuestarias con una actitud a prueba de bombas.

En Villarreal, el cuadro castellano volvió a lucir las virtudes que le han trasladado a la zona noble de la clasificación. Las líneas bien cosidas, ayudas infinitas para estrechar el dibujo en defensa, velocidad para salir al contragolpe y la portería sellada con un guardameta que va a más. Aunque los nombres en el Real Valladolid aparecen siempre por debajo del colectivo, es importante destacar el excelente trabajo de Alcaraz en el centro del campo y la variedad ofensiva que aporta Míchel para que el balón circule con criterio y mordiente. Aún queda mucho curso por delante, pero el conjunto vallisoletano transmite ilusión a una hinchada que por fin ha recuperado ese regusto de ver a su equipo cada semana. El aficionado ahora se divierte y ya ha olvidado esa sensación de desesperación y frustración de años anteriores. Que siga la fiesta.

 

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