EL GATO DE SCHRÖDINGER

Se resiste el autor a considerar la osibilidad de que el VAR no cumpla su objetivo de justicia con plena imparcialidad

El árbitro José María Sánchez Martínez consulta el monitor del VAR durante el Barça Real Madrid. /E. FONTCUBERTA-EFE
El árbitro José María Sánchez Martínez consulta el monitor del VAR durante el Barça Real Madrid. / E. FONTCUBERTA-EFE
JESÚS MORENOValladolid

Jamás he pensado que la pericia arbitral pudiera decidirse en el reservado de un restaurante, en una escena en la que, a los postres, con luz tenue y alejado de miradas, un directivo acerca la cabeza, baja la voz y le susurra al oído a un trencilla hacia dónde tiene que caer su criterio durante el siguiente partido. Tampoco imagino la misma situación en un lujoso despacho ubicado en un rascacielos fruto de la arquitectura más vanguardista, una de esas oficinas de grandes ventanales por las que se cuelan las mejores vistas al skyline de una gran ciudad. Siempre he creído que el arbitraje está condicionado por el leal saber y entender del encargado de impartir justicia, por un mal día, incluso por el ambiente, el miedo o la duda. Pero no viene fijado de antemano. Pensar eso sería desnaturalizar el fútbol, el propio espíritu deportivo y el sentimiento del aficionado. Despojarlo de la incertidumbre en el resultado final de la que emana la grandeza de ese deporte, para rebajarlo a la categoría farsa, con un buen puñado de clubes deportivos, de empresas, al fin y al cabo, convertidos en cooperadores necesarios de una gran estafa, jugándose su dinero y su supervivencia en partidos amañados. Sin embargo, la llegada del VAR me lleva a replantearme todos aquellos principios que consideraba la base de la competición. Todavía no estoy en vías de virar en un converso, de esos que llevan al extremo su nueva posición, pero sí observo que desde la entrada en funcionamiento en La Liga del videoarbitraje se toman decisiones que alimentan la creencia de que aquellas venían prefabricadas con antelación. En Bilbao, el Girona vio cómo un gol suyo era anulado por apreciarse que el delantero se ayudaba con la mano. En Vigo, el mismo árbitro concedió uno en contra del Real Valladolid en una jugada casi idéntica. El fuera de juego posicional o los agarrones dentro del área se han convertido en el gato de Schrödinger de las decisiones revisadas a través del vídeo. Dependiendo de quién y dónde, puede ser o puede no ser.

Estoy convencido de que, en su origen, el VAR fue ideado para que el fútbol resultara más justo. Pero lo que ha conseguido es que, mientras el colectivo arbitral –pleno de corporativismo y nulo de autocrítica– se felicita, entre los equipos y los aficionados vuelen las sospechas, los recelos y los agravios comparativos. Esto no es lo que vimos durante el último Mundial.