Los goles del Real Valladolid, como los del resto de equipos, se celebran en dos tiempos

El autor del texto repasa cómo son los instantes siguientes a un gol ahora que existe el VAR

Waldo celebra un gol que no subió al marcador/Ramón Gómez
Waldo celebra un gol que no subió al marcador / Ramón Gómez
JOAQUÍN ROBLEDO

Incertidumbre, emoción, tensión, idas y venidas, propuesta de marcar frente al riesgo de encajar… noventa eternos minutos, noventa minutos fugaces, en los que el estado de ánimo oscila armónicamente acompasado al movimiento de ese objeto -mimado por virtuosos, pateado por estibadores- llamado balón. Nos estiramos y rugimos cuando la pelotita se aproxima a la portería rival, nos encojemos y resoplamos cuando olemos el peligro en la nuestra. Hasta que llega el gol, el instante sublime, y el juego se detiene. Mientras, se signa una raya imperecedera en el marcador y los festejos -o lamentos, en simétrica correspondencia- brotan instantáneos, como un acto reflejo colectivo. Así era hasta hace nada. La llegada del VAR ha trastrocado esta dinámica prolongando el estado de incertidumbre. De repente, el gol o su preámbulo el penalti se han convertido en un movimiento de dos tiempos: el primero, cuando ocurre; el segundo, cuando se certifica. Dos tiempos en los que conviven cuatro potenciales efectos.

El mejor de los casos, claro, cara y cara. Gol de Guardiola. La fuerza de la emoción no frena la celebración aunque sepamos que aún no es; el alivio de la confirmación nos impulsa a un nuevo festejo.

Casi tan bueno como el mejor. Cruz y cara. Penalti de Djene. El impulso arrastra a seguir pendientes del juego, el corazón late por la cercanía del arco rival pero en la mano no hay piel ni oso. El árbitro detiene el juego y consulta. Anda, mira que, a ver si sí y tal. Lo señala. Explosión con retardo. Explosión al fin y al cabo.

Lo dábamos por descontado. Cruz y cruz. Gol de Arambarri, penalti de Plano. No puede ser, la frustración nos invade en el preciso instante. De repente se activa un resorte, y si… Esperamos que, como en aquel mítico programa de Paco Costas, haya una segunda oportunidad. La hay, claro, pero es idéntica a la primera. No aparece nada que desdiga la primera mala noticia.

Tierra, trágame. Cara y cruz. Gol/no gol de Waldo-Gualdo. El intelecto nos advierte de que a lo mejor no; la reacción, sin embargo, es visceral, se adelanta a los entresijos de la razón y festeja. El llanto y el crujir de dientes vienen después. De repente, lo que hemos festejado no ha existido. Es en estas cuando uno se desfoga, sea alcalde, obispo o plebeyo, blasfemando a viva voz o lanzando las rabias al mundo en ese lodazal de las redes sociales. Es un espacio proclive al victimismo, territorio para el #siemprenosrobananosotros o #hastalosgüevosdelvar. Para nuestra desgracia, el pacense se equivocó por doble precipitación. Duele decirlo porque sus minutos fueron de chapeau, pero en esa jugada le traicionó la mezcla de ganas e inexperiencia. Por exceso de inexperiencia corrió en recto sin darse cuenta de que Nacho es zurdo cerrado. Lo suyo es que le hubiera doblado y haber aparecido por la derecha de su compañero. Por exceso de ganas se adelantó en esa maldita décima en que Nacho, insisto, zurdo cerrado, tuvo que arquear la pierna para pasarle el balón. La celebración se vino abajo. Minutos después, cuando esta situación podía quedar en anécdota, lo que se vino abajo fue todo. Por suerte, no de forma definitiva.