Guantes de niño pera

Asenjo regresó anteayer a Pucela tras una carrera sobresaliente pese al lastre de las lesiones. Buena parte del partido estuvo más pendiente de los guantes que del juego

Asenjo se ajusta los guantes de recambio que le facilitó el utilero del Villareal./
Asenjo se ajusta los guantes de recambio que le facilitó el utilero del Villareal.
JOAQUÍN ROBLEDO

Algunos años antes de que naciera Sergio Asenjo, en esa misma Palencia, los guantes de portero eran un artículo de lujo. En Palencia y en el resto de España, pero es en Palencia donde uno estaba y es lo que uno recuerda. Antes de eso, no es que no lo fueran, simplemente no existían: hasta los porteros profesionales jugaban con las manos descubiertas. Pero estamos en los años ochenta. Los Arconada, Urruti, Miguel Ángel, Fenoy y hasta Sabino Zubeldia cubrían sus manos con unos guantes milagrosos a los que parecía pegarse el balón. Los niños que por devoción u obligación defendíamos las millones de porterías de esos Maracanás imaginarios queríamos unos guantes como esos o, al menos, un par que pudieran dar el pego. Pero topábamos siempre con el muro del 'no' paterno y materno, por juntos o por separado. Así las cosas, para parecer más portero, apañé con unas propinas lo más parecido que vi a unos guantes de profesional: unos de lana amarilla con puntos de negro alquitrán incrustados.

Con ellos jugaba ufano en mi internado, el San Juan de Dios. Tanto los partidos que disputábamos entre nosotros como los que nos enfrentaban a los chavales de otros centros similares, aunque, eso sí, unos más similares que otros. Entre los unos, internados donde los desertores del pico y del arado pretendíamos raspar el negro del carbón o afeitar el pelo de la dehesa, destacaban nuestros vecinos del Mariannhill; entre los otros, niños bien -pera, decíamos- de los Maristas de La Salle. Cuando tocaba contra estos, el calor estaba servido. Nos miraban por encima del hombro y eso nos encendía. Mientras nosotros nos pasábamos las camisetas con las SJD incrustadas en el pecho de unos chicos a otros para jugar partidos sucesivos a lo largo de la mañana, ellos se cambiaban de ropa en el descanso y nos lo hacían saber. Pero sobre todo, sobre todo, sus porteros tenían guantes de los que veíamos en la tele o en la Balastera -la fetén- los días de partido. Y digo guantes no porque fueran los dos del par, no. Traían guantes en plural, varios pares como para demostrar que ellos eran otra cosa. Así las cosas, nuestra consigna era clara: podrán ganarnos, mejor que no, pero si lo hacen que al volver a casa les duela algo.

Tiempo después, los guantes dejaron de ser ese artículo de lujo. Es entonces cuando en el San Juanillo, en el este de la Ciudad, en un barrio de los de las vías 'pallá', un chaval empezó a destacar en esto de parar. Ese rapaz anteayer regresó a Pucela tras una carrera sobresaliente pese al lastre de las lesiones. En su vuelta, por algún motivo desconocido, los guantes no le convencían. Avisó al utilero y este le acercó todo un muestrario para que eligiera. Viéndole cargado con esa orgía de guantes, me volví a hacer niño, se me hizo la boca agua. Recordé mis partidos, mi pueblo del que hui, el colegio que me acogió, una época que vio su fin. Recordé mis guantes amarillos. Me acordé de los porteros de La Salle y de los Maristas. ¡Qué cabrones!