La guerra del estadio Zorrilla

Club y Ayuntamiento se enzarzan en declaraciones que ocultan el verdadero problema del recinto

Óscar Puente y Ronaldo Nazàrio. Detrás, Alberto Bustos/G. Villamil
Óscar Puente y Ronaldo Nazàrio. Detrás, Alberto Bustos / G. Villamil
Eloy de la Pisa
ELOY DE LA PISA

Vaya la que se ha liado. Y todo a cuenta del estadio, que allí lleva asentado desde 1982 sin que nadie le hiciera demasiado caso durante mucho tiempo. Y, de pronto, es objeto de deseo y piedra de confrontación. Y todo, me temo, porque el 26 de mayo hay elecciones y nadie tiene meridianamente claro lo que puede pasar. Y ya se sabe que, cuando llega tiempo de votaciones, la realidad se torna en algo similar a una papeleta.

El caso es que la airada reacción de Óscar Puente a la afirmación de que el club está abierto a la posibilidad de construir un estadio nuevo si no hay acuerdo en la venta del actual ha sido un tanto desmesurada. Es posible, también, que David Espinar no haya escogido el mejor momento del año para lanzar el mensaje. Pero es lo mismo. Las declaraciones son palabras y acaban volando con el viento, pero lo que no deben es tapar el verdadero problema: Valladolid necesita con relativa urgencia un recinto deportivo futbolístico de nivel, acorde con la categoría de la ciudad y con la altura competitiva que el propietario quiere para su club.

Lo más adecuado, qué duda cabe, sería convertir el José Zorrilla en lo que Ronaldo considera un estadio acorde al proyecto que tiene para la entidad. Y que lo ha expuesto desde el primer día. En ese aspecto no ha engañado a nadie el brasileño. Pero a nadie debe ocultársele que vender un bien patrimonial de un Ayuntamiento no es algo fácil y que lleva su tiempo. Y los tiempos legales nunca coinciden con las urgencias de la vida.

Club y Ayuntamiento están condenados a entenderse. Porque es lo lógico y lo que conviene a ambos. Porque construir un estadio fuera de la ciudad tiene sus problemas urbanísticos y de infraestructuras. La esgrima verbal que hemos contemplado no es más que la búsqueda de una posición más ventajosa para discutir quién y cuanto se paga de las obras y la consecuencia de que, como dice Joaquín Robledo, el anuncio de la compra de una empresa privada se hiciera en el Ayuntamiento.