Héroes modernos

Ronaldo en medio de una nube de selfis./Gabriel Villamil
Ronaldo en medio de una nube de selfis. / Gabriel Villamil
JESÚS MORENO

En un momento dado, y antes de entregarse definitivamente al calor del publico vallisoletano que había acudido en masa a la puerta del consistorio, Ronaldo apareció en la escalinata del Ayuntamiento, vestido de manera informal charlando con aquellas fuerzas vivas que habían acudido a su presentación. Completaban la fotografía, un guardaespaldas de esos que -antes de haber sido rescatado por 'El Fenómeno' para la causa- cualquiera hubiera dicho que hizo carrera como soldado de fortuna en aquellos Balcanes que alumbraron el Territorio Comanche de Arturo Pérez Reverte, de los que ocultan sus ojos tras unas enormes gafas oscuras como queriendo disimular que el invierno se esconde en su mirada; y una serie de figuras de 'Gigantes y Cabezudos' a la espera de un pasacalle que las despierte, que envolvía toda la escena en un ambiente demasiado folclórico y demasiado vintage, como de otra época. Como de una película de Berlanga pero sin vaquilla de por medio.

Pero no, resultaría demasiado injusto para la gente que se agolpaba en el Ayuntamiento, o a lo largo del recorrido que realizó Ronaldo por las calles de Valladolid, que se les comparara con figurantes preparados para el 'remake' de Bienvenido, Míster Marshall que recibían, con alegría, al nuevo salvador del club de fútbol más representativo de la ciudad. Sería demasiado frívolo, demasiado materialista creer que las muestras de admiración y cariño se dirigían hacía un multimillonario por el mero hecho de haber puesto el dinero.

Hoy los héroes de la mitología, aquellos que no sucumbieron a los cantos de las sirenas, acabaron con la Hidra o derrotaron al Minotauro, se han transformado en deportistas capaces de correr más rápido, saltar más alto o golpear más fuerte. A Hércules, Aquiles o Jasón ahora se los conoce como Usain, Rafael o Michael. Valladolid, tan tímida unas veces, tan discreta otras y tan desconfiada de lo propio y de lo ajeno siempre, salió a la calle no por la necesidad de agarrarse a algo en lo que creer, a la esperanza o al dinero. Ni siquiera por sentir que durante un pequeño periodo de tiempo volvió a tener un lugar preponderante en el mundo. Valladolid quiso acoger con toda la hospitalidad que atesora a uno de los pocos héroes modernos que quedan, no solo por serlo, sino por lo que significa para una ciudad que demasiadas veces se ha querido demasiado poco, que quiera formar parte de ella.

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