El hombre tranquilo

Sergio, pensativo durante el choque frente al Alavés./Ramón Gómez
Sergio, pensativo durante el choque frente al Alavés. / Ramón Gómez
JESÚS MORENO

Antes de que la selección española llegara a dominar todo el planeta fútbol, y mucho antes de que esa misma selección -en una suerte de metáfora, de relato para niños, de cómo los grandes imperios se han derrumbado ante los ojos de la Historia - se degradara a sí misma entre la bonhomía, el conformismo, las palmaditas en la espalda y el tan famoso como dañino «con lo que nos ha dado» que la rebajó hasta convertirse en su vivo retrato de siempre, Luis Aragonés acertó a identificar uno de los males que han venido acompañando a ese equipo a lo largo de los tiempos en la ausencia de competitividad. «España no sabe competir», sentenciaba serio refiriéndose al combinado nacional; una frase aquella que, aislada de cualquier contexto, bien podría pasar incluso por un editorial sobre la actualidad política y social del país.

El Real Valladolid durante demasiado tiempo se ha mostrado como un equipo quebradizo, apagado, como dibujado a carboncillo, en blanco y negro, demasiado permeable en su estado de ánimo a todas las circunstancias que rodean un partido. Capaz de arruinar cualquier encuentro o una temporada entera por no saber cuidar aquellos detalles que, como en 'Match Point', desequilibran la balanza hacia un lado o hacia el otro. Tan temeroso del rival como de sí mismo, independientemente de las plantillas que saltaran al campo o del cuerpo técnico que las comandase. El Real Valladolid se había convertido en presa de un destino, el suyo propio, que repetía en bucle una y otra vez. La misma historia, el mismo espectador, el mismo teatro en el que tantas veces actuó, cantarían los Héroes del Silencio.

La llegada de Sergio González, el hombre tranquilo, ha supuesto no solo la estabilidad en un banquillo que parecía abocado a volver a repetir inquilino una vez que todos aquellos entrenadores que estaban al alcance de la entidad ya se hubieran sentado al menos una vez en él; también ha provocado un cambio de rumbo en la deriva fatalista del club, ha coloreado la leyenda negra de los últimos cinco años, ha devuelto la alegría a la ciudad, la esperanza al club y, sobre todo, la confianza a un grupo de jugadores, a un equipo, que independientemente del estadio, el rival o el resultado es capaz de controlar sus emociones y dominar todos los aspectos del juego. O, lo que es lo mismo, que sabe competir.