Los hombres subterráneos

El Barcelona se vio superado no por el estado del césped, sino por el pundonor de los blanquivioletas

Moyano y Coutinho. /
Moyano y Coutinho.
JOAQUÍN ROBLEDO

El camino les parecía despejado, alzaban la vista y sentían que ningún peligro se cernía al menos en toda esa línea horizontal que se les dibujaba en el horizonte. Nada aparentemente podría malbaratar su tarde de juego y paseo. De repente, como si fueran una suerte de topos agresivos que esperasen el momento oportuno de la salida para, una vez fuera, abrir los ojos, recuperar la vista y amargar una plácida noche sabatina, una oncena de futbolistas blanquivioletas brotaban aleatoriamente e ininterrumpidamente desde las entrañas de la tierra con la intención de robar el juguete de aquel rico virtuoso que no esperaba más que disfrutar del expediente semanal. La tierra se abría y en cada hueco uno, dos, tres blanquivioletas aparecían de súbito para frenar una acometida, para cerrar una línea de pase, para emborronar el trazo diseñado en el cuaderno de uno de los primeros de la clase. No solo eso, una vez fuera, una vez robado el juguete, los hombres subterráneos emprendían con vigor una carrera con la intención de descuadrar cualquier presupuesto de rivales, neutrales e, incluso, de aquellos propios que no quisieron hacerse ilusiones. En un tris estuvo, mucho más cerca de lo que dirán estadística y hemeroteca cuando pasado un tiempo se ponga el ojo en esta fecha.

La lectura de los hechos no es cierta, claro, Moyano estaba ahí antes de que la tierra se abriera bajo sus pies; pero la sensación de los azulgrana no debió ser muy diferente a la relatada. Un recién ascendido que en la cartilla inicial contaba con nueve jugadores del equipo de Segunda debía ser poca cosa para entorpecer una plácida velada en la que los malabaristas habrían de hacer alguna de las suyas, ahorrar energía y volver a casa con la cartera llena. Y no. Este Pucela podrá brotar de la tierra, pero no es una planta cuyo fruto sea tierno y dulce. Al revés, esta chavalada se ha convertido en una piedra dura de pelar. Y cuando algún equipo consiga hincar inicialmente el diente, se encontrará con que, además, es dura de roer.

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