La hora del balance en el Real Valladolid

El articulista centra como el momento clave del año el día en el que el Valladolid se decidió por fichar a Sergio como entrenador

Sergio, su esposa Irene y sus hijos el día del ascenso/R. Gómez
Sergio, su esposa Irene y sus hijos el día del ascenso / R. Gómez
JESÚS MORENO

Con cada Nochevieja, con cada llegada de un nuevo año, de entre los festejos, los matasuegras, los bailes más ensayados o los más absurdos, de entre los sombreros bañados en purpurina, los collares hawaianos y las doce uvas, la gente suele sacar tiempo para girar la cabeza a todo lo que dejamos en los 365 días anteriores. Por aquella nostalgia de un tiempo pasado mejor, por el recuerdo de los que ya no están, por volver a vivir aquel viaje, aquel ascenso en el trabajo, o simplemente, porque el uso social nos lleva a echar la mirada atrás cuando se acercan las doce campanadas, la sociedad hace un recuento de vivencias, alegrías y tristeza que, junto a los propósitos de cambio, completan el cuadro con el que se despide un año y se da la bienvenida al siguiente.

Si el Real Valladolid, como en la canción de Mecano, ha hecho balance de lo bueno y malo este fin de año, puede decir no solo que la cuenta de pérdidas y ganancias –una vez descontados los terremotos con epicentro en las redes sociales con cada mal resultado, la incontinencia verbal del entrenador saliente, el juego unas veces y las lesiones otras– tienen saldo positivo por mor, casi en exclusiva, del ascenso a Primera División; sino que el 2018 fue el año en el que por fin consiguió ahuyentar la depresión que había invadido al entorno en su conjunto, la tristeza, el enfado continuo y el todo mal, para desatar el estado de euforia con el que se ha alcanzado una comunión perfecta entre entidad, afición y ciudad capaz de reunir en un entrenamiento casi el mismo número de asistentes que acudían a los partidos disputados en Zorrilla durante el último invierno.

Y por encima de todas las cosas, el año que cerramos trajo una moraleja que tiene que servir para los tiempos venideros. El milagro de Navidad, aquel que habría relatado Charles Dickens o que habría captado Frank Capra, se obró con meses de retraso, en abril, en la figura de Sergio González. O, dicho de otra forma, un año entero da para tanto que, aunque no siempre aparecerá un ángel como el de '¡Qué Bello es Vivir!' para hacer un milagro con el que ganarse sus alas, los juicios apriorísticos son casi siempre papel mojado, los balances conviene hacerlos al final del ejercicio porque a veces, demasiadas veces, los Reyes Magos llegan cuando menos se los espera.