¿Quién interpreta al interpretador?

Las jugadas grises persiguen esta temporada a un Real Valladolid al que le sale cruz en un 90%

Alberola Rojas revisa en la pantalla la acción del tanto de Olivas. /Gabriel Villamil
Alberola Rojas revisa en la pantalla la acción del tanto de Olivas. / Gabriel Villamil
Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Porque el interpretador que lo interprete, buen interpretador será... El trabalenguas en el que va camino de convertirse la primera Liga con VAR corre serio peligro de acabar siendo más difícil de explicar que un diccionario chino-español, español-chino. Al menos en lo surrealista le lleva cierta ventaja. Uno empieza a imaginarse a tres o cuatro individuos vestidos de amarillo a final de temporada en la sala VOR interpretando también los descensos. Con la cuenta atrás ya en marcha, produce vértigo qué puede llegar a pasar por las cabezas de los árbitros, por las cabezas de los que corrigen a los árbitros desde el VAR, y hasta por las cabezas de los que designan a los árbitros cuando queden tan solo dos jornadas y los clubes se jueguen la vida en una acción 'interpretable'.

Antes sabíamos e incluso aceptábamos que el error humano jugaba su papel en la labor del árbitro, en la misma medida incluso que el de los veintidós jugadores, pero ahora su porcentaje de fallo no cuela. Ya no tienen coartada. Ahora pueden interpretar y equivocarse, pero el derecho a errar después de revisar la jugada con varios pares de ojos es mucho más estrecho. El árbitro interpreta, el responsable del VOR reinterpreta, y el árbitro vuelve después a interpretar una vez más, sin llegar a saber si la decisión y por lo tanto el acierto/error ha sido suyo o de quien le interpela por el pinganillo. Todo en una secuencia, como la de ayer, en la que pasan varios minutos en los que el margen a las explicaciones puede llegar a ser de lo más variopinto.

Secuencia del gol anulado a Kiko Olivas. / Villamil

Cuando en ese margen surgen tantas dudas como para que el árbitro, ayer Alberola Rojas, deba ir a la pantalla para revisar y ponerle acento final a la jugada, la acción no es susceptible de ser clara, y por lo tanto el VAR no debería entrar. La teoría que se ha querido meter con calzador a la carrera tanto a jugadores como a entrenadores y aficionados pierde todo su sentido cuando el videoarbitraje conlleva más confusión. Aún más mientras las decisiones, a diferencia de la Uefa, sigan sin explicarse debidamente para despejar todas las dudas. En una liga que se presume seria –la mejor del mundo, insinúan–, no es de recibo que los periodistas deban ir preguntando a los propios protagonistas qué explicaciones sobre la jugada ha dado el árbitro en el mismo terreno de juego para llegar a atisbar, si acaso entender, qué ha interpretado el juez para privar a un equipo de un gol. Si quien ha incurrido en fuera de juego es quien remata, si lo ha hecho con la mano, si se ha beneficiado de una falta previa o si el infractor es un jugador que no interfiere en la acción.

Misma jugada, decisión distinta

Las dichosas jugadas grises que tan flaco favor le están haciendo al fútbol en general y al Real Valladolid en particular, y que tan aleatoriamente se resuelven en función de quién sea el colegiado de turno. En este caso, y muy probablemente solo en este caso, los trencillas se quedarían sin argumentos si se decidieran a salir a la palestra para dar explicaciones. En la acción del gol de Kiko Olivas, en concreto, pueden tirar de reglamento y probar que Óscar Plano está en posición antirreglamentaria. Pero desde luego no podrían argumentar por qué para Alberola Rojas su situación sí interfiere en la jugada y la misma acción en otro campo y con otro árbitro no.

No es posible cuantificar dónde estaría este equipo en una Liga sin VAR

Y aquí llegamos a otra certeza incuestionable. Si ayer no 'cae' Alberola en Valladolid y hubiera sido Del Cerro el designado, seguramente el gol se hubiera dado por válido. Probablemente con Estrada Fernández también. A lo mejor con Gil Manzano no, pero sí con Prieto Iglesias. Y con Medié. Hasta con Mateu Lahoz hubiera sido posible una victoria local. O no, y todos esos árbitros solo verían interferencia en determinados estadios y con determinados equipos por medio. Con tantas jugadas grises como ha protagonizado, se hace imposible cuantificar dónde estaría el Valladolid en una Liga sin VAR.

Esa libre interpretación va a acabar convirtiendo los descensos en una lotería en la que las finales no las van a jugar los jugadores y tampoco decidir los árbitros. Los decidirán quien tenga la potestad para designar a los árbitros y los que tengan la capacidad de interpretar desde una sala a los verdaderos interpretadores.