El invento del rezo

Al Real Madrid le salvaron los cinco centímetros que mide el larguero y, a la vez, confirmaron que el grupo que dirige Sergio es algo más que un equipo que aspira a mantener la categoría

El invento del rezo
JOAQUÍN ROBLEDO

Las plegarias, los rezos, las oraciones, quizá hasta el sentido de la trascendencia, brotaron del corazón humano en situaciones como estas, en esos momentos en los que las circunstancias le desposeen del dominio sobre los hechos y consecuencias que se enmarcarían en un acontecer inmediato cargado de peligros que aún no se ha producido. El humano en tal tesitura, con toda la vulnerabilidad al aire, consciente de que ya nada puede hacer personalmente para evitar un determinado mal, busca y encuentra en algún recoveco interno de su ser un alguien más poderoso al que dirigirle una petición para que remedie lo que previamente él no supo o no pudo remediar.

Si el tiempo que transcurre entre el momento en que un balón sobrepasa al portero y el desenlace final de la jugada fuese de un par de minutos, veríamos a Thibaut Courtois arrodillado con las manos entrelazadas clamando a un 'Altísimo' el milagro de que el balón no entrase en la portería. Como ese tiempo no se extiende más allá de unas pocas décimas de segundo, el cuerpo del portero belga no tiene tiempo para respingos. Su alma, sin embargo, si pudiera ser fotografiada mientras se está dirimiendo el resultado de ese futuro del que ya no es dueño, mostraría un tenso encogimiento, un anudamiento como el de un tronco seco. Tuvo suerte el belga, el riesgo de mal que él no evitó se desvaneció por cinco centímetros de fortuna. Esos escasos centímetros que no dependen de ti, tienen poder para juzgar, modificar las crónicas y afilar los titulares. El larguero se interpuso hasta en dos ocasiones para modificar los hechos y con ellos, así somos de arribistas, las lecturas y las reflexiones.

Toda fotografía tiene su positivo y su negativo; esta, además, su haz y envés. Al otro lado, fuera de foco, Toni, mi Toni, nuestro Toni, espera el resultado de su latigazo. Tampoco es ya propietario de lo que vaya a ocurrir desde el instante en que el balón salió despedido de su pie, pero su espera es menos angustiosa que la del portero al menos en la medida en que el peor escenario de su disyuntiva no le deja batido. Resuelto el enigma –puñetero poste–, siendo ya que no, las cosas se desarrollaron de una determinada manera, de nada vale especular con el 'qué habría pasado si…'. Pero es un 'de nada vale' en lo cuantitativo ya que en lo cualitativo no pueden ser media docena de centímetros los que modifiquen las lecturas y las reflexiones acerca de los acontecimientos. Ni un gol recibido posteriormente por otra circunstancia en la que no decidió la voluntad, la inspiración y la ejecución de ningún jugador rival –por más que en la capital necesiten alguien a quien idolatrar y les venga pintiparada la ocasión para subir al pedestal al tal Vinicius– sino alguno de esos dioses ludópatas que disfrutan jugando con la cabalística.

La derrota es derrota y suma cero puntos. De acuerdo. Pero lo que vimos a lo largo de la hora y media de fútbol en el Bernabéu ha reafirmado lo que ya veníamos advirtiendo: este Pucela es algo muy serio, un equipo que mide a la perfección los tiempos y los espacios para adecuarse a los escenarios momentáneos que van exigiendo los partidos.

Las plegarias de Courtois fueron escuchadas cuando el balón en dos momentos distintos ya le había sobrepasado. Las de Kiko Olivas, tras golpearle un mal centro en el culo, no. Será que los equipos grandes, además de todo, tienen algún dios de su parte.

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