Eibar 1 - Real Valladolid 2

¡Al fin una jugada gris que no nos deja en blanco!

El italiano Daniele Verde apunta al cielo tras marcar el gol del empate. /Ramón Gómez
El italiano Daniele Verde apunta al cielo tras marcar el gol del empate. / Ramón Gómez

Veintiocho jornadas ha tardado el VAR en sonreír al Real Valladolid, y éste en celebrar la consecución de su primer penalti

Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Toda crisis genera una oportunidad y lo único bueno de convivir con ellas, que diría Mendilibar –ayer anfitrión–, es que la victoria está siempre más cerca. Cincuenta días llevaba esquiva, con dos pírricos goles desde la última en seis jornadas, y el Valladolid encontró esa oportunidad en el sitio más inesperado y hasta inhóspito por lo incómodo de un rival que pelea hasta por la moneda al aire. Nadie esperaba que la mala racha, aun menos el mal fario, tocara a su fin en Ipurua –nadie ganaba allí desde que lo hizo el Sevilla de Machín en septiembre–, y sin embargo todos coincidían en que si se truncaba algún día, debía llegar en un escenario anómalo y casi rozando lo paranormal.

Con dos tantos anulados al rival, un penalti convertido, un balón que saca un central de la línea de gol, un cabezazo de Masip en el último córner del partido,... Tan cruel había sido el destino hasta las 13:45 horas que el que más y el que menos esperaba una respuesta igual de contundente. Un regate, en este caso del VAR, igual de caprichoso.

Bien pudo haber sido una semana antes frente a un Madrid de saldo, pero el destino no lo quiso y mandó un penalti y dos goles de Guardiola al limbo. Por qué no en campo del Espanyol, pero también en esta ocasión era el día elegido para que Diego López detuviera una pena máxima –ayer no lo hizo por centímetros–. Qué decir del partido en el Ciudad de Levante,... ¡aquella vez fueron milímetros, los de la bota de Ünal! También se pudo poner coto al mal fario ante un Betis en precario pero aquel día los astros no estaban alineados.

Los argumentos se iban acumulando en las últimas semanas para que el guion lo acabara escribiendo el mismísimo Hitchcock. Incluso Ünal puso uno más al rematar fuera de cabeza un centro que era medio gol.

Esta vez tocaba el camino de vuelta después de ochenta minutos correctos en los que el empate hubiera sido lo más justo, y en los que dicho sea de paso bien pudo haber salido cruz si Enrich –que hubiera sido lo más normal– hubiese marcado el segundo para el Eibar tan solo tres minutos antes del gol del empate.

Con los tres de Eibar, el Real Valladolid alcanza los 1.500 puntos en Primera División

Pero el fútbol es un juego de aciertos con su dosis incluida de fortuna, y toda la que se le ha venido negando al equipo de Sergio en las últimas semanas, se le acumuló ayer en un final eléctrico en el que despejó, con la misma naturalidad con la que entró en depresión, tres 'expedientes X' de un solo plumazo. Ni era normal que Masip cometiera errores tan groseros como los cometidos ante Betis y Real Madrid, ni tampoco lo era que se fallaran todos los penaltis lanzados esta temporada, y menos aún que Sergi Guardiola –llamado a encabezar la tabla de goleadores del equipo– aún no se hubiera estrenado después de tres partidos acumulando méritos y buena parte de las papeletas. Uno añadiría también lo caprichoso de un sistema, el VAR, que ha tardado veintiocho jornadas en sonreír al Valladolid después de sonrojarle con decisiones bochornosas.

Despejadas todas estas incógnitas, hay que pensar que la ecuación aún sigue sin resolverse, con partidos por delante todavía para certificar una permanencia que continúa en chino por más que se quiera vestir de optimismo después de una victoria. La remontada, inédita en Liga en los últimos quince años con dos goles en el descuento –según la estadística de Alexis Martín-Tamayo– sí sirve para mantener al club entre los trece históricos de Primera con mayor puntuación (con los de Eibar, 1.500 puntos). A diez jornadas del final, eso sí, la montaña rusa luce menos empinada. El primer tanto de penalti y el primero de Guardiola de la temporada sirven para asomar la cabeza y demostrar que siempre que llueve, escampa. Si lo viejo no ha acabado de morir ni lo nuevo ha acabado de nacer, no hay crisis, que diría Bertolt Brecht.