Fútbol | Primera División

Kiko Olivas, el jugador del Real Valladolid que se apoyó en la autocrítica para mejorar

Kiko Olivas protege la pelota durante el partido frente al Alavés. /R. Gómez
Kiko Olivas protege la pelota durante el partido frente al Alavés. / R. Gómez

El de Antequera muestra su mejor versión en Primera demostrando que era un central válido para la élite

J. A. Pardal
J. A. PARDAL

No se puede decir que Kiko Olivas sea nuevo en esto del fútbol pese a que el pasado domingo disputó con el Real Valladolid su décimo partido en Primera -es el cuarto con el equipo blanquivioleta; los 6 restantes los completó con el Villarreal cuando formaba parte de su cantera-.

El futbolista antequerano que acaba de cumplir los treinta (nació el 21 de agosto de 1988) acumula una amplia experiencia en el fútbol profesional. 49 choques en Segunda B con el filial del Submarino Amarillo y con el del Málaga; 312 en Segunda (incluyendo 8 de 'play off') y 8 de Copa completan su huella en la historia del fútbol español, en el que ahora disfruta del mejor momento de su carrera deportiva.

Pese a que se encuentra surfeando la buena ola, lo cierto es que los tiempos inmediatamente anteriores a estos no fueron los mejores para él, o al menos los más digeribles. En su segunda temporada en el Girona, la 2016-2017 logró el ascenso a Primera, pero su club decidió facilitarle una salida, después de haber perdido protagonismo. Disputó 17 encuentros en toda la temporada, frente a los 46 en los que había participado en la campaña anterior. A una semana del cierre del mercado de fichajes, el 23 de agosto, fue presentado en Valladolid, a donde llegó como jugador libre después de que los gerundenses le diesen la carta de libertad.

Su aterrizaje en el equipo del Nuevo José Zorrilla no fue de aquellos en los que los pasajeros aplauden al piloto tras tomar tierra con suavidad. No jugó hasta la jornada 5, en la victoria frente al Granada en Zorrilla y a partir de ahí encadenó 13 partidos seguidos como titular, formando pareja principalmente con Deivid en la zona más criticada de un equipo que arrasaba en ataque y naufragaba en defensa. En la jornada 17, cuando sufrió su primera expulsión del curso por doble amarilla frente al Numancia, el Real Valladolid de Sampedro ya había anotado 31 goles y encajado 28.

Las victorias frente al Lorca y el Zaragoza aguantaron un castillo de naipes que se derrumbó de nuevo con un sonoro 4-2 en Pamplona. En el siguiente encuentro, en Barcelona, sufrió una contusión en el costado que le obligó a ser sustituido en ese encuentro y también en el siguiente y a estar fuera de las convocatorias durante otras dos jornadas más. Justo ahí, cuando parecía que todo se iba a pique, realmente se estaba fraguando la resurrección futbolística del central malagueño.

Calero había ocupado su puesto en su ausencia y Deivid sufrió en Granada una desafortunada lesión que le impediría jugar el resto de la temporada. Con la salida de Alberto Guitián cedido al Sporting, el equipo se quedaba con dos centrales y Lukas Rotpuller como solución de urgencia (que ni Sampedro ni Sergio llegarían a activar).

Olivas, que había reconocido pocas semanas antes que no estaba en su mejor momento y que tenía que trabajar para alcanzar su estado óptimo, tuvo que hacerse fuerte junto a Calero y juntos empezaron a consolidar una pareja que ha apuntalado el eje de la defensa en 22 de los 24 partidos que ha disputado el conjunto pucelano desde febrero (Olivas tuvo que cumplir un partido de sanción tras ser expulsado contra el Reus y Calero otro por acumulación de amarillas).

Con el paso de las jornadas la confianza del 4 blanquivioleta fue creciendo exponencialmente. Comenzó a acertar mucho más en sus elecciones tanto a la hora de meter la pierna como de salir con el balón jugado y alcanzó la cumbre con su gol frente al Numancia, en el partido de ida de la final por el ascenso.

Ni entonces ni ahora se da mucha importancia el central derecho del Pucela, siempre tranquilo y acostumbrado a reconocer en sus compañeros el valor de los conseguido. Ahora, junto a su socio de Boecillo, cuidan los desvelos de una de las defensas menos goleadas del fútbol profesional español (solo el Málaga de Segunda ha encajado menos) y son los máximos responsables de los dos puntos que atesoran los suyos en la buchaca. La camiseta blanquivioleta le ha sentado al malagueño como una doble ración de 'petit-suisse'.