Todo es mentira

El autor reflexiona sobre cómo se ha aplicado hasta ahora el VAR en la liga española

Clos Gómez durante presentación del sistema VAR para la liga española que tuvo lugar el pasado mes de agosto. /Chema Moya-EFE
Clos Gómez durante presentación del sistema VAR para la liga española que tuvo lugar el pasado mes de agosto. / Chema Moya-EFE
JUAN ÁNGEL MÉNDEZ

En el país del VAR todo es mentira, nada es lo que parece. Nos lo vendieron como el invento del siglo, pura tecnología al servicio del negocio rey. Adiós a los desmanes arbitrales. Es el futuro. Bienvenidos al idílico mundo de la justicia objetiva. Bla, bla y más bla. Mentira. Lo único que ha destapado el VAR es la incompetencia absoluta de los colegiados que lo pilotan y su nula capacidad para gestionar los medios que tienen a su alcance para evitar el ridículo que dibuja su propia ignorancia para interpretar el fútbol. Ahora ya no tienen la excusa de la inmediatez, la decisión en décimas de segundos. El telón está en el suelo y en las tablas aparecen desnudos, sin el escudo que les ha protegido históricamente. Da igual que tengan siete cámaras o diecisiete, meten la gamba con descaro y siguen persiguiendo a clubes modestos como el Real Valladolid, al que están masacrando con decisiones, que sin VAR serían groseras y que con el VAR se tornan grotescas.

El país del VAR está lleno de falacias. La justicia se disfraza cada semana de abuso. Nada es objetivo. El VAR depende exclusivamente de árbitros que confunden la intervención para subsanar un error flagrante con rebuscar en la escena para justificar que en Las Rozas también hay vida. Ya no es suficiente con el negligente que pisa el césped, ahora la vergüenza se extiende a un árbitro que ve el encuentro disfrazado como si fuera a salir al verde y que también quiere su trocito de gloria. Con pinganillo, eso siempre, que aporta más caché. Que hablen de uno, aunque sea mal. Me los imagino. «Todo OK, José Luis. Otro melón que hemos abierto». Solo falta que un día aparezcan en el despacho, rodeados de cámaras, con botas de tacos. No puede ser más ridículo. Creo en el VAR, pero en el VAR de verdad, el que sirve para buscar la equidad, el que revisa los errores de bulto y no entiende de colores. El sistema que reparte justicia y siempre se rige por los mismos principios, independientemente de quiénes sean los actores. El resto son mentiras, falso postureo que en el fondo solo sirve para que el protagonismo se traslade del terreno de juego al monitor que se empeñan en apedrear cada semana.

Mi hijo (10 años) no es árbitro ni se sabe el reglamento, pero adora el fútbol y es capaz de darse cuenta con una sola repetición de que a Oier no le molesta una bota blanquivioleta perdida entre la maraña de piernas de ambos bandos que tenía delante. No entiende cómo después de ver diez veces el tropezón consigo mismo de Duro ante Antoñito, Alberola Rojas pudo deducir que fue penalti. No comprende por qué levantan el banderín cuando Plano controla para buscar el 1-2 en Mestalla mientras en otras ocasiones permiten finalizar la jugada. No se explica por qué Toni molesta al portero del Sevilla y el defensa del Celta es invisible para Masip. Y así, lo que le pasa es que cada día cree menos en el fútbol porque se da cuenta de que todo es una farsa.

 

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