Fútbol | Primera División

La mueca interpretable del portero del Real Valladolid

Masip, durante el partido frente al Atlético de Madrid. /Ramón Gómez
Masip, durante el partido frente al Atlético de Madrid. / Ramón Gómez

El autor busca explicación al gesto de Jordi Masip recogido en la imagen que acompaña a este texto

JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

De todo lo mensurable, por rara que parezca la cuestión, siempre existirá alguien que haya dedicado sus dedos a la labor de realizar esas cuentas, sus cuentas, para averiguar el número existente. Por ejemplo, a Paul Ekman le inquietaba no saber cuántas muecas de las que podría realizar tendrían un significado que podría ser entendido a la vez en Jamaica y Tasmania, en Ushuaia y Cuenca. Hasta quince gestos faciales, tres manos enteras, pudo contar este psicólogo estadounidense. No sé si son muchas o pocas, pero son más que palabras, por eso es tan frecuente econtrarnos con paisanos que, cuando quieren explicar algo a una persona extranjera, tras intentarlo hablando más alto de lo habitual y desistiendo al comprobar la ineficacia de dar voces, recurren a la mímica para indicar que el restaurante que buscan está en la segunda calle que sale a mano derecha. Esas quince muecas reseñadas dejan fuera el inmenso elenco de gestos cuyo mensaje es interpretable. Y para desentrañar el sentido oculto de la mueca se hace necesaria una información adicional.

Si tuviéramos la certeza de que que Masip es un gran 'pinacotecófilo' entenderíamos su gesto como un homenaje a 'El Grito' de Edvard Munch. A los Gritos, podríamos decir, ya que el noruego pintó cuatro cuadros con idéntico motivo. Bien, el buen portero pucelano pudo realizar un homenaje completo: el primer grito cuando observó como una pérdida y dos simples pases permitían a Atleti adelantarse; el segundo, cuando, de forma inesperada, el árbitro rebobina para decretar un penalti; el tercero momentos antes de encajar el tercer gol mientras su defensa se empeñaba infructuosamente en alejar un balón del área; el cuarto, con todos sus compañeros, cuando el mismo colegiado se hizo el longuis tras la mano del defensor rojiblanco.

Si en vez de la pintura, lo que le pirrase a Masip fuese la literatura podríamos pensar que rinde pleitesía a Edgar Allan Poe. Un tributo que bien puede ser de carácter genérico -poniendo una cara de susto propia del lector embebido en relatos de terror- o concreto refiriéndose a alguno de ellos como Hop-Frog. El título de este cuento hace referencia al nombre con el que era conocido el bufón de un rey, un bufón que además de ser considerado loco era enano y cojo. Cuando el bufón entendió que los cortesanos ofendieron a Trippetta, su novia, quiso vengarse. Para que su plan se cumpliese, Hop-Frog convenció al rey y su corte de que se pusieran máscaras con muecas como las del portero.

¡Ay, amigos!, ¿y si lo de Masip fuera el cine? Pues tanto podríamos pensar que nos avisa de una sátira de humor negro como Scary Movie o , sin más, se le ha quedado la cara de palo del gran Buster Keaton.

Preguntaremos a Paul Ekman.

 

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