El Norte de Castilla
Real Valladolid

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Besos, reflexiones y pizza

Inmediaciones del Estadio Carlos Belmonte en Albacete, dos y diez de la tarde: aficionados llegados de toda España esperan impacientes la salida de los jugadores del Real Valladolid. A lo lejos se divisa a Roger, renqueante y acompañado de Braulio, Suárez y dos muletas. Todos muestran un gesto aliviado, de satisfacción contenida después de una sufrida victoria. El Pistolero se muestra afable con los seguidores pucelanos. A pesar de que su aparatosa lesión entorpece cada paso que da, no niega una foto o un autógrafo, que brinda entre gritos de ánimo. Detrás de ellos se encuentra el bus del Real Valladolid, que en esta ocasión ha cambiado el blanco y violeta por un sobrio azul. Dentro del vehículo abundan las caras de cansancio, pero entre trozo y trozo de pizza, también hay tiempo para las bromas. Hay quien, como el valenciano Guille Andrés, apura la subida al bus para hablar con sus seres queridos. Pese a no disputar un solo minuto, varios familiares han aprovechado la cercanía con Albacete para felicitar al chaval por su nuevo rol. Lo mismo sucede con Timor, a quien, entre piropos en valenciano, reciben con aplausos y perfectamente uniformados con el 22 a la espalda, viejos amigos. Entre chascarrillos, David posa orgulloso con cerca de 20 fans. Otros jugadores del Pucela prefieren reflexionar junto al bus en soledad, quizás repasando algún disparo, despeje o pase mal ejecutado.

Se vuelve a hacer el silencio, el capitán recibe los besos de varios pequeños a los que las camisetas con el 18 (muchas de su época en Albacete) les quedan gigantes. Álvaro Rubio es de los pocos que no se sube definitivamente al vehículo del equipo. Ha decidido pasar algunas horas más en una ciudad que, como Valladolid, supone mucho para él. Rubio se muestra con su familia igual que con sus compañeros sobre el césped: seguro, calmado y cariñoso. El riojano es todo un guía. El bus arranca y las pizzas vuelan. La amabilidad de la plantilla del Pucela ha permitido que muchos de los aficionados regresen también a casa con multitud de recuerdos.

Más allá de los ‘trofeos’, yo me quedo con una reflexión: los jugadores, lejos del verde, son personas con sentimientos e inquietudes. Sufren lesiones, se alegran cuando reciben apoyo, se preocupan por los fallos y las críticas... Cuando no existe una separación grada-césped, llegas a percibir que los futbolistas, a excepción de asuntos como sus salarios, no siempre son seres tan diferentes al resto de personas.