El Norte de Castilla
Real Valladolid

En blanco y violeta

El tren de la ejemplaridad

Aún con los rescoldos de la batalla campal con resultados funestos entre dos grupos violentos que esconden sus caras detrás de las aficiones del fútbol y que, de tiempo en tiempo se dejan ver como para manifestar que será muy difícil echarles definitivamente de allí (aunque algún club lo haya intentado), procede echar la vista hacia la situación del Real Valladolid. ¿Aficionados, hinchas, ultras? Afortunadamente, en Pucela parece que gastamos más de los dos primeros y que los radicales, si alguna vez los hubo, ya no pueblan las gradas del José Zorrilla, aunque su denominación dé lugar a engaños. Y es que la línea divisoria es tan fina en algunos casos que muchas veces procede eso de «no digas nunca de este agua no beberé», «ni este cura no es mi padre».

Si en toda la historia blanquivioleta se puede hablar de un viaje masivo de aficionados, esta es la final de Copa disputada en el Vicente Calderón ante el Real Madrid el 30 de junio de 1989 y donde Ramón Martín acudió al lado de 10.000 personas que se desplazaron en autobuses en medio de «un calor exagerado». Fue la final «del gol de Gordillo y también el último partido que jugó Fernando Hierro con el Real Valladolid antes de pasarse a las filas merengues», rememora Ramón, una enciclopedia futbolística aunque dice que a veces le bailen los datos. Veintiséis años como abonado le contemplan: «Vine con 19 años a estudiar desde Megeces. Iba con mi padre y me saqué el abono del Real Valladolid de grada sur en las oficinas de la calle Macías Picavea antes de hacer la matrícula de la universidad», comenta.

Sin embargo, si hay una fecha para recordar respecto a los desplazamientos con el equipo en todos aquellos que la vivieron en primera persona, esa es el tren que les condujo a Palamós. El tren del ascenso, sí, pero también en el que la afición demostró que ir a animar a los suyos, a gritar y a apoyar, no tiene que ir acompañado de actitudes violentas. Fue un 19 de junio de 1993. La hinchada en número de más de un millar salía de la Estación Campo Grande en un tren especial engalanado con banderas albivioletas camino de Palamós, precisamente al Nou Estadi Municipal donde juega actualmente el Llagostera.

En uno de esos vagones iba Ramón Martín, abonado y presidente de la peña del Real Valladolid de Megeces, ubicada en el bar El Rayo en la misma carretera que parte en dos el pueblo y que llegó a contar con 40 miembros en una población de en torno a 500 habitantes. Una peña blanquivioleta en un bar en el que sus propietarios son hinchas del Rayo Vallecano. Otro ejemplo de confraternización. Ahora ya con menos actividad, Ramón sigue yendo al estadio, a la tribuna norte con su carné número 1.963.

Ramón conserva la entrada de Palamós que se puede ver a la derecha en la fotografía. Le costó 1.500 pesetas, así como el resguardo del acceso al tren -Coche 5, litera 96-. Fue con su primo Virgilio Benito, el del Bricolaje, con la merienda y veinte años menos. «Así que ni dormir ni nada», afirma. «Salimos casi de noche, serían unas diez horas. Paramos en Burgos, primero, y ya por la noche en Zaragoza. Llegamos pronto a Palamós. Fuimos a la playa donde pasamos la mañana. Ibas a ver si se cumplía el objetivo del ascenso».

En la parte de atrás de la entrada, anotó Ramón «dos penaltis cometidos sobre Roberto Martínez y Caminero y transformados por Iván Rocha». Ese era el resumen de ese partido que concluyó 1-2 y el ascenso blanquivioleta a Primera División. «Tantas eran las ganas de ver vencer al Valladolid que, en el campo, los dos penaltis me parecieron clarísimos. Al día siguiente vi que no fueron ninguno. ¡Dios mío, si se tiraron los dos, y el de Caminero, un metro fuera del área!», relata. El colegiado Carmona Méndez fue un amigo y ni la invasión final al campo para saludar a los jugadores, ni el hecho de que el Palamós, todo el mundo afirmaba, que iba primado por ganar, se tradujo en comportamientos fanáticos por parte de nadie. Todo lo contrario. Armonía.

«En el año 93, si no ibas allí, o lo escuchabas por la radio, no tenías información hasta el día siguiente en los periódicos o en las televisiones el resumen casi el lunes. Recuerdo la vuelta cansados pero tan contentos». A Ramón siempre le ha gustado la prensa y la radio y refrendar con el medio escrito lo que había escuchado el día antes en las ondas. «Ahora son otras épocas…».

La percepción que tiene de Zorrilla es de «un estadio muy seguro», como la de «la mayoría de nuestros peñistas que va a animar y nada más. Alguna vez ha habido algún conato en Ponferrada, o con el Racing de Santander, pero no es la norma. En todos los sitios, los violentos son los cobardes que se refugian en el deporte».

Ramón es, además, conserje desde hace nueve años en la Universidad Europea Miguel de Cervantes. Raro es la semana o el día que no encamine alguna parrafada sobre fútbol. Pero es que Ramón, cuyo padre estudió magisterio con José Miguel Ortega, es de radio, de periódico y también de tertulia. Y al Valladolid lo tiene en preferencias. Siempre desde la educación. Por eso trabaja en una universidad.