El Norte de Castilla
Real Valladolid

en blanco y violeta

El retiro del ‘todocampista’

Siempre que veía el fútbol en la televisión en blanco y negro, le decía a mi padre que quería ser futbolista». El que esto dice es Alejandro García (19-9-1957), quien encontró uno de sus primeros espejos de chaval en José Antonio Tejedor. El delantero de Pedrajas de San Esteban militaba en el Real Zaragoza de finales de los sesenta en un equipo que heredaba la estela de los ‘Cinco magníficos’ con Lapetra, Canario, Santos, Marcelino y Villa. En más de una ocasión, Alejandro le manifestó a su progenitor que le preguntara al hermano de Tejedor, que se dedicaba a la trata de ganado y cerdos por la zona, si podía convencer a José Antonio para ir él a Zaragoza a hacer una prueba e ingresar en alguno de los filiales del club. De aquellas, le viene a Alejandro su afecto real hacia el equipo maño.

Algún tiempo después, quizá su primer acercamiento al Real Valladolid, se produjo cuando el Íscar disputaba la categoría preferente con el Europa Delicias. En el equipo iscariense aparecía Antonio Jimeno. Un delantero rápido, abulense de nacimiento, que jugaba al lado de su hermano Miguel, que era el que le surtía de buenos balones. Antonio firmó por el Real Valladolid en 1971 y llegó a jugar, no muchos encuentros eso sí, durante tres temporadas en el primer equipo. «Era como Gento –relata Alejandro– rápido, zurdo, pero se entendía bien con su hermano que era el que le daba los pases. Desde Íscar y siendo muy jóvenes, veníamos a verlo jugar». Antonio terminaría haciendo la carrera de magisterio alejado del balón.

A Alejandro García le llegó el fútbol desde muy pronto. En la época de instituto, y en el recreo de media hora, los chicos siempre disputaban un partidillo. «Jugábamos muy en serio. Nos dábamos buenas palizas, pero es que además me fumaba tres cigarrillos habanos mientras disputaba esos partidos corriendo por el campo. ¡Una bestialidad!», relata.

Con 19 años, y haciendo caso a su propio cuerpo, «sin duda, el mejor médico», decidió abandonar el tabaco. Ya jugaba en inferiores y a partir de ahí lo haría en el Íscar e Íscar Industrial durante seis temporadas. Fútbol desde la trinchera, en regional o en preferente, de largos desplazamientos y viajes a Cacabelos, Briviesca o Laciana, por esas carreteras y con esos autobuses. Terrenos de juego de cantos, barro, chinarros y césped de praderas. Otros estadios como El Plantío con sabor a Primera o el de Aguilar de Campo donde se jugaba el ‘Trofeo de la galleta’ y que te hacía sentir un poco más cerca de los profesionales aunque fuera de refilón. Campos donde los colegiados se jugaban más que el bigote y los jugadores también su integridad porque había mujeres y paisanos que con el paraguas pretendían evitar que los extremos corrieran por la banda y les hacían la zancadilla. El bar ‘Mamique’ como centro de las tertulias posteriores a los partidos donde se hacía piña y se limaban las asperezas.

Incluso los problemas musculares venían acrecentados por la falta de información: «Te lesionabas más pero seguías jugando. En Navalmanzano había una curandera. Íbamos a las cinco de la mañana para que te atendieran a las nueve. Te daba tal masaje que podías salir de allí y dar patadas a las piedras, pero a las dos horas te volvía el dolor», comenta Alejandro. «Yo era de los que me exigía en los entrenamientos porque lo que hagas allí luego se ve en el partido. Nos cuidábamos. Te quitabas el pan, no bebíamos alcohol. Lo hacía porque quería rendir. Al fútbol he jugado en todas las posiciones. De interior, en el centro del campo, también de lateral, de extremo, de central. Tenía mucha fuerza y suspensión en el tren inferior. No era muy técnico aunque se me daba bien manejar las dos piernas. Menos de delantero centro y portero, he salido de todo. Era el comodín pero casi siempre de titular», comenta.

Con 26 años contrajo matrimonio y hasta los 29 no se separa del fútbol. Ni eso. Ya que en una ocasión durante una temporada tuvo que volver a calzarse las botas porque fueron expulsados bastantes miembros del plantel. Ya para entonces había tomado posesión de alcalde de Íscar con lo que su tiempo se ve aminorado una vez se pone manos a la obra con el Plan General de Urbanismo de la villa maderera.

Cuando Alejandro ingresa en la Diputación, y como hiciera cuando jugaba al fútbol tal vez con la misma perspectiva se reparte en una acción todoterreno y en diferentes puestos entre las diversas áreas de trabajo. Como diputado de Centros, también de Hacienda y Personal, donde no sólo se ocupa de todo el funcionariado vinculado a la casa, sino que fiscaliza año a año la cesión para uso deportivo por parte de la Diputación de los terrenos donde se ubica el Estadio Zorrilla, además de vivir los incrementos de asignaciones a los pueblos fruto del Plan Parcial Villa del Prado; como diputado de Cultura y Turismo, también supervisa los convenios publicitarios y las muchas acciones destinadas a proyectar la ciudad y la provincia; cuando se encuentra en Acción Territorial, conoce los 1.500 km. de carreteras de la provincia y sus mejoras, además de otros edificios como polideportivos y casas de cultura de las poblaciones, y en esta última etapa, como delegado en el servicio de Juventud, Deporte, Consumo y Publicaciones, entroncando también de forma clara en el deporte.

De alcalde también ha mantenido una labor larga, duradera y extensa. Es de esos regidores que se levanta pronto por la mañana y da un paseo de ida por un sitio y de vuelta por otro recorrido diferente para ver si se ha roto una farola o las calles están limpias o hay que arreglar algún desperfecto. Tras 28 años con el bastón de mando, él mismo sostiene que «mis padrinos han sido siempre los vecinos a los que gradezco su confianza. He gobernado para todos. Los que me votan y los que no. Como en todas las cosas, he acertado y me habré equivocado muchas veces, pero se ha trabajado muchísimo para dotar de infraestructuras este pueblo de 6.700 habitantes. Como yo digo: ‘el dinero hay que ir a buscarlo porque a casa no te lo van a llevar para hacer las cosas’. Siempre he tenido, eso sí, la suerte de contar con un buen equipo de trabajo».

Cerrando ambas puertas actualmente, la de la alcaldía y la de la Diputación Provincial también, Alejandro muestra su positividad. «Primero, me voy con la conciencia muy tranquila. Además, tengo la moral alta. Yo vengo de la empresa privada y espero seguir trabajando. Algo haré…». Sus tres hijos y su familia se lo agradecerán también. Para Alejandro quizá empiece a partir de ahora un nuevo encuentro. Él ya se ha puesto la camiseta para jugar en cualquier demarcación.