Orgullo blanquivioleta

Compromiso. De los jugadores y de los técnicos y del club. Ese parece ser el vocablo que explica la explosión de pucelanismo que vive Valladolid

DAniele Verde, último fichaje pucelano, rodeado de aficionados en los Anexos. /A. Mingueza
DAniele Verde, último fichaje pucelano, rodeado de aficionados en los Anexos. / A. Mingueza
JUAN ÁNGEL MÉNDEZ

Valladolid late, por fin, en blanco y violeta. La ciudad bulle como lo hacía cuando Yáñez arrancaba la moto por la banda y 'El Polilla' Da Silva reventaba la red con un remate certero; cuando Eusebio sentaba cátedra en cada partido o cuando Víctor y Llorente firmaban en Zorrilla el gol más rápido de la Liga. Diferentes etapas, distintas décadas, pero misma ilusión, idéntica pasión por acudir al estadio cada fin de semana, aunque este año tiene pinta de que habrá más viernes o lunes que sábados o domingos. Veremos.

Los aficionados vuelven a lucir con orgullo los colores de su equipo y los abonos se cotizan como si fueran oro. Hay océanos de tinta engordados con la frialdad de Zorrilla, el pasotismo de su hinchada y el áspero carácter del vallisoletano. Bla, bla, bla. Como todos los estereotipos, hay variables, en este caso muy tangibles, que ponen al mito contra la pared. El aficionado blanquivioleta se va del estadio cuando su equipo le expulsa con bodrios infumables. Está demostrado, la grada cree si sobre el césped ve compromiso, si se divierte. La temporada pasada representa el mejor ejemplo.

Las banderas del Real Valladolid vuelven a los balcones. He estado unos días en la playa y me he cruzado con cuatro camisetas blanquivioletas. Pueden parecer pocas, pero en los últimos veranos, en la misma arena, no vi ni una. Años atrás, había discusiones familiares por el carné. Pero en negativo. «No me digas, mengano, que este año también vas a tirar el dinero en el fútbol». Presión máxima. Ahora no, ahora es el núcleo familiar el que invita al aficionado de toda la vida. Es la arenga en positivo. «Date prisa que nos quedamos sin abono y este año habrá que ir al fútbol, ¿no?». Es simple, ha vuelto la ilusión por aplaudir la permanencia y soñar con retos mayores si el cuadro castellano consigue estabilizar su estatus y respeta los colores.

Es posible que el efecto 'gratis' que han disfrutado más de 9.000 hinchas haya tenido mucho que ver en el récord de abonados. También es probable que la próxima temporada no haya que fijar cupo máximo y se caigan del cartel algunos de los 20.000 socios del presente curso, incluso en Primera. Son opciones, pero me quedo con la versión más optimista. El Real Valladolid ha vuelto a enamorar a sus fieles. Aún falta el empujón del 'nueve' para no comenzar con curvas, pero mientras el club hace los deberes, el aficionado blanquivioleta desempolva los viejos estandartes que le identifican con un equipo que le regaló tardes de gloria en distintos momentos de su historia. El llavero, la bufanda (también para el verano), las cintas bajo el retrovisor, la pegatina del coche ya no es hortera, el pin, la elástica que lucía Valderrama cuando Míchel le regaló el tacto, la visera, el gorro, la bandera. Todo vale. Cualquier emblema es bueno para gritar al mundo que el fervor por el Pucela ha vuelto para quedarse.

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