Palos en las ruedas

El autor valora en su medida el último punto logrado ante el Villarreal, poniendo en contexto los recusos de que dispone el Real Valladolid

Óscar Plano trata de zafarse de un defensa del Villarreal en el último partido en Zorrilla. /Villamil
Óscar Plano trata de zafarse de un defensa del Villarreal en el último partido en Zorrilla. / Villamil
JESÚS MORENOValladolid

Desconozco si se debe al feliz mes de octubre -aquel en el cual el Real Valladolid contaba por victorias los partidos y hacía soñar a sus seguidores no solo con una permanencia holgada, sino también con luchar codo con codo con los más ricos por un puesto en Europa la temporada que viene-, o si por el contrario se debe a ese autoimpuesto galardón honorífico de club histórico -en una suerte de título nobiliario del cual uno no se despoja hasta que renuncia o fallece- que impide apreciar otra cosa que no sea una victoria, lo que ha llevado a parte del entorno a repudiar cualquier empate que sume el equipo.

De esta forma, el resultado cosechado en Mestalla ante el Valencia, aquel reparto de puntos más que meritorio, fue poco menos que considerado una deshonrosa derrota pues se diría que la plantilla había adquirido la obligación de vencer a un rival plagado de internacionales y en un estadio donde no habían conseguido la victoria ni Barcelona, ni Atlético de Madrid. Así, tras el último empate ante el Villarreal, han vuelto a sonar duras palabras que degradan el potencial económico y deportivo del contrincante, pese a que no atraviesa por su mejor momento, hasta hacer pasar el punto cosechado por un ejercicio de conformismo contrario a los valores del fútbol en general y del Real Valladolid en particular.

Supongo que, en la base, como en toda crítica futbolística llevada a cabo por los profanos cuando nos ponemos a ello, se encuentra la idea de que saber de fútbol consiste en estar siempre enfadado, en ver aquello que nadie ha sido capaz de apreciar, en oponerse al sentir general. Sin embargo, chirría especialmente este nuevo ejercicio de autodestrucción cuando no se tiene en cuenta las especiales circunstancias del equipo. Corto de planificación, de presupuesto y, quizá, alejado del talento de sus rivales. No digo con ello, como se clamaba allá por agosto, que esta sea una temporada para disfrutar, un premio a las penurias pasadas, como si en vez de aficionados a un equipo hubiéramos sido agraciados con un apartamento en la Manga del Mar Menor. En el deporte se disfruta cuando se gana, cuando se consiguen los objetivos. El equipo tiene la obligación de obtener la permanencia, pero menospreciar cada paso que se da en esa dirección, no es otra cosa que alejarla un poco más.

 

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