Los partidos del Real Valladolid no son solo fútbol. son la vida

El autor del artículo analiza cómo el deporte del balón se entrelaza en la existencia de todos los aficionados

Asenjo vuela para despejar un balón en el partido entre Real Valladolid y Villarreal disputado el pasado viernes en el Nuevo José Zorrilla. /G. Villamil
Asenjo vuela para despejar un balón en el partido entre Real Valladolid y Villarreal disputado el pasado viernes en el Nuevo José Zorrilla. / G. Villamil
TONY POLA

La vida tiene tantos matices que me niego a mirarla únicamente bajo filtros extremos de dos colores, aunque sean dos tonos tan bonitos como el blanco y el violeta. Aplíquese como yo, si usted lo desea, este cuento a todos los aspectos que enriquecen o empobrecen su día a día, ya sea política, deporte o temas más personales. Es algo que procuro hacer últimamente con algo que dicen es, para algunos, el aspecto más importante de los menos importantes: el balompié; un juego que últimamente solo concibo, como dice el anuncio que celebra los 90 años de la competición liguera (bajo el eslogan 'no es fútbol. Es la Liga'), como un asunto que escapa más allá de mi visión personal.

Imaginen, por un momento, una película que entrelace varias historias alrededor de un mismo denominador común. Ahora mismo pienso en la comedia 'Love Actually', pero seguro que hay ejemplos cinematográficos más acertados o más propios de algo tan nuestro como la Seminci. La cinta en cuestión junta a personajes y situaciones muy variopintas bajo el foco del amor.

El viernes, sobre las ocho de la tarde, también había muchas personas con el corazón ocupado en una misma empresa. Diferentes personalidades y maneras de pensar atentas al encuentro del Real Valladolid; todas con sus circunstancias e ideologías. Hubo quien subió al estadio obviando su duro día de trabajo, su gripe o el frío. Por haber, había también aficionados que hicieron cientos o miles de kilómetros para ver a su Pucela o a su submarino amarillo. Fuera del campo, animando desde la distancia, también se disputaban miles de partidos; miles de ojos y oídos pendientes de la Liga desde sitios tan dispares como una cama de hospital, un bar o un tren.

La globalización nos ha traído entradas a precio de oro, horarios imposibles y nombres de estadios que recuerdan a peces, pero también ha ampliado el radio que es capaz de alcanzar esta pasión-producto. Desde el inmigrante que se ha enamorado del Pucela hasta el paciente recién operado, el Real Valladolid juega cada jornada su particular partido dentro de miles de seres. Cuerpos y mentes sanas, enfermas, pobres o ricas, tan dispares que son capaces de amar u odiar el partido de un mismo jugador o de ver cientos de matices en un gris empate. Desde el que enarbola la bandera verde más optimista hasta el que lo pinta todo de un tono tan negro que apesta a Segunda. No es fútbol. Es la vida.