Qué poco dura la vida eterna

Jaime Mata celebra el ascenso del Real Valladolid a Primera División en la portería del fondo norte de Zorrilla. /Gabriel Villamil
Jaime Mata celebra el ascenso del Real Valladolid a Primera División en la portería del fondo norte de Zorrilla. / Gabriel Villamil
JESÚS MORENO

Casi tres meses después de que Mata driblara a un defensa, mirara a los ojos al portero del Numancia y pusiera el balón en la escuadra como rúbrica a un ascenso más que merecido por la superioridad mostrada en esas eliminatorias a vida o muerte –en un sentido casi literal de la expresión, pues la Segunda, para un club de reconocido linaje en el fútbol español, es lo más parecido a estar enterrado en vida– se puede asegurar que entre unos y otros nos robamos la euforia, la alegría, la celebración, el mes de abril. Qué poco rato dura la vida eterna, podría haber titulado Joaquín Sabina de ser él el encargado de realizar la crónica de los últimos noventa días de la actualidad blanquivioleta. Rumores, filtraciones, denuncias y el Real Valladolid pasando más tiempo en el juzgado que en la sede de LaLiga. Inestabilidad institucional e inflación en un mercado, el de fichajes, que ha impedido regar con nombres la ilusión de una afición, que ha pasado de la felicidad por el ascenso a flagelarse con la creencia de que la estancia del equipo en la máxima categoría será efímera como una estrella fugaz.

Es como si el seguidor del Pucela sufriera Síndrome de Estocolmo con su propio pesimismo. Una especie de necesidad de lavar su conciencia de aficionado humilde que se siente incómodo en el triunfo. Diera la sensación de que no es lo bastante digno como para disfrutar del momento sin dejar de pensar ni un solo instante en que antes o después las risas se tornarán en lágrimas.

Hoy, cuando por fin renace la estabilidad institucional y deportiva, cuando las renovaciones fluyen y el futuro se muestra como un camino que apetece recorrer, aparecen las voces de la conciencia –como aquellos siervos que sujetaban la corona de laurel de los generales romanos– para recordar que solo somos humanos, para confundir al aficionado con el profesional y para advertir que no se distraiga la atención en fastos y divertimentos pues es la competición, lo que ocurra abajo, en el césped, lo que realmente importa. Supongo que no se trata de otra cosa que de un mecanismo de protección contra posibles contratiempos futuros. Sin embargo, aquel que haya querido contener las emociones estos días por miedo a los disgustos que pudieran venir después, habrá perdido una magnífica ocasión de sentirse durante unos días el rey del mundo.

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