Pringa aquí, pringa allí

Toni volverá a dejar claro el error que supone desconfiar de él, de cualquier tipo con un talento desmesurado y la firme voluntad de seguir aprendiendo

Pringa aquí, pringa allí
JOAQUÍN ROBLEDO

Una se la escuché a Gila en más de una ocasión; la otra a mi padre en cuanto la circunstancia le hacía pensar que lo requería para dejar en evidencia ese tipo de actitud a medio camino entre el egoismo y la picardía.

La primera historia, la del maestro sencillo, nos introducía en el comedor de una familia pobre, la suya, en aquellos años en que el plato casi vacío era un mal endémico. En la sala se sentaban a la mesa más de una docena de comensales –vamos a llamarles así– que se repartían equitativamente la miseria. Huevos fritos, alfa y omega del menú, había uno menos que sillas habitadas. La madre de aquella recua se autoexcluía.

– Hijos míos, no os preocupéis, cenad a gusto, comed vuestro huevo todo entero que ya me quedo yo sin él. Bueno, me conformo con que cada uno de vosotros me dejéis dar una pringadita.

La segunda, la de mi señor padre, la repetía en aquellos casos en que cualquier persona, ante la coyuntura de tener que elegir entre dos posibilidades, daba un rodeo verbal con el propósito de quedarse con ambas, de no renunciar a ninguna.

–Este –sonreía el señor Tino– es como el muchacho al que le ofrecían para cenar huevos fritos o patatas fritas y, después de poner cara como de pensárselo, pedía una tortilla de patatas.

Toni, mi Toni, nuestro Toni, es, a la vez, la madre de Gila y la tortilla de patatas. Parece tan poquita cosa que transmite la sensación de que es él el que se quedó sin comer el huevo. Pero resulta que ha ido pringando de todos, lo que le ha permitido almacenar todos los registros del fútbol. En el campo sigue pringando de los respectivos huevos de todos, tanto le da atosigar en el lateral o presionar en el extremo que inventar un requiebro al defensa o amansar un balón que aterrizaba con ánimo de escapar.

Los entrenadores, esos sabios del fútbol a los que –generalizo, no a todos– la cobardía les rasga las telas del traje, miran a los pequeñajos con un desdén de sospecha. Ni siquiera la eclosión triunfal del futbolpequeñismo ha levantado la prevención. Herrera no le veía preparado. El chaval, en León, desmintió la profecía. Un runrún: ya, en Segunda B sí, pero la Segunda es otra cosa. Luis César se amilanó tras un par de malos resultados y le escondió en el banquillo. Fue irse este, volver Toni al verde y todo cambió. Los mismos parece que no aprenden. Seguía el runrún: ya, en Segunda sí, pero en Primera...

En Primera, este enclenque volverá a dejar claro el error que supone desconfiar de él, de cualquier tipo con un talento desmesurado y la firme voluntad de seguir aprendiendo.

Esos mismos entrenadores son como aquel rapaz que, entre huevo y patata, elegía la mezcla de ambos. YToni, si es lo que piden, lo ofrece y se convierte en la tortilla de patatas que une en un mismo cuerpo su innata capacidad para imaginar y poner en práctica un fútbol ofensivo de quilates con un esfuerzo –tanto físico como de comprensión táctica– por defender cada palmo que le corresponde. Puede que el 19 blanquivioleta sea el secreto mejor guardado de la Liga. Lo digo hoy que, ya primero de septiembre, no cabe la posibilidad de que nadie se lo lleve. Toni, mi Toni, nuestro Toni, pringando o como tortilla, deja claro que el fútbol no es cuestión de huevos, pero que no se amilana cuando toca ponerlos.

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