El rabo, el toro y la fe del Real Valladolid

El autor repasa los méritos del Pucela en un partido que olía a derrota

Arbilla, capitán del Eibar, intenta parar a Sergi Guardiola./R. Gómez
Arbilla, capitán del Eibar, intenta parar a Sergi Guardiola. / R. Gómez
JAVIER YEPESValladolid

Que hasta el rabo todo es toro, es un viejo aforismo taurino que es empleado en el ámbito deportivo, a la hora de expresar que el peligro siempre está presente mientras no termine la acción, de igual manera que acudimos a la fe para intentar creer en algo que no vemos.

Los entrenadores solemos recalcar a nuestros jugadores que se atengan a ella justo en el mismo instante en el que menos creemos en el milagro.

Me imagino que esa misma incredulidad le invadiría a Sergio González mientras contemplaba cómo el árbitro se acercaba al monitor televisivo para dictaminar sobre la jugada del penalti, al tiempo que arengaba a los chicos tras el gol buscando una nueva oportunidad...¡que acabó llegando!

Así pues, jornada completa por el acierto de los aforismos, el debut de un penalti VAR positivo y un triunfo con olor a oxígeno, suero glucosado y marcapasos funcionante que recupera ritmo futbolístico.

Dicho todo lo cual, obtuvimos un triunfo agónico tras haber estado mucho más cerca de la derrota. Una derrota merecida por un juego mediocre en el que el Eibar apretó, acogotó en todas las disputas y no nos dejó jugar algo hasta los últimos compases del partido.

Ipurua es un campo difícil que por cercanía de graderío te da mayor sensación de estrechez y te genera ansiedad defensiva al tiempo que precipita tu juego.

Mendilibar, que es listo y maneja perfectamente estos registros, le ha dotado de un ritmo altísimo de juego y de una presión sobre el rival que se hacen asfixiantes la mayoría de las veces.

Con estas premisas, Diop y Jordán se imponían a Michel y Anuar, mientras Alcaraz y los centrales se las veían y deseaban con las dos puntas armeras. Y si por fuera Mendi busca profundidad y desborde, en Orellana y Cucurella los ha encontrado con creces.

El chileno, uno de mis jugadores predilectos desde hace mucho tiempo, y el exbarcelonista encarnan la idea del punta aguerrido que defiende con la intensidad de un lateral y que lo hace justo en su posición de ataque. Algo difícil de encontrar.

Con estas premisas, el Pucela sobrevivía pero no jugaba. Tocaba la pelota pero no llegaba arriba, y en las contadas ocasiones que lo hizo la contra era un peligro claro.

La entrada de Ünal ayudó a Guardiola y la de Verde terminó por dinamizar un ataque hasta entonces atascado; el italiano, en los últimos compases, dio la sorpresa al convertir el penalti señalado a Plano al tiempo que cambió el ritmo en esa banda con un par de acciones de clase.

La progresión en el juego de Guardiola está servida y además comienza una racha vital para los goleadores... y para el equipo.

La de ayer es una victoria trascendente llegada en el momento justo. ¡Menos mal!