Lo razonable sería...

La irrupción de Waldo-Gualdo ha sido una bendición. Cuando las lesiones diezmaron la plantilla y temimos lo peor, el chico llegó y nos calló

Bono detiene el remate de Waldo. /G. Villamil
Bono detiene el remate de Waldo. / G. Villamil
JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

Acababa de comer. Debía de estar en ese justo punto en que se deja de estar despierto pero sin haber entrado en el territorio de los dormidos; en esa sazón en que parece que las luces de lo consciente se te van apagando pero aún queda encendida alguna bombillita que te mantiene alerta ante lo que ocurre alrededor. La televisión estaba encendida, los documentales de bichos no suelen fallar en su quehacer como narcóticos. No suelen fallar, pero esa tarde el reportaje sobre los lobos tuvo el efecto contrario debido a un ridículo comentario del cronista al que se le vieron las costuras urbanas. Mi lucecita de guardia captó la tontería. Me desperecé, salí del letargo. No me lo podía creer. Estaba la criatura contándonos que no todos los lobos salen a cazar, que son solo unos pocos los encargados de ir en pos del alimento, que la mayoría permanece en la manada esperando el momento del almuerzo que a buen seguro les traerán aquellos. Hasta ahí, todo normal, comentarios y tono muy válidos para dejarte encapsular por el sueño. El despropósito llegó en el añadido. Lejos de lo que pudiéramos creer –el tío dijo 'lejos de lo que pudiéramos creer'– esos pocos lobos eran los más jóvenes cuando lo razonable sería –el tío dijo 'lo razonable sería'– que quienes proveyeran de alimento fueran los más viejos ya que su experiencia les permitiría desarrollar mejor la labor. Vamos, que el émulo, Dios me perdone, de Félix Rodríguez de la Fuente pensaba que la jerarquía de una manada de lobos se ordenaba con los criterios de un jefe de personal de tres al cuarto. Y no, en la naturaleza, y en los pueblos, los jóvenes son los que, en cuanto pueden, se encargan de las tareas más fatigosas con el obvio fin de ir aprendiendo y liberando a los viejos que ya fueron jóvenes y tuvieron que pasar por tal tamiz.

No son pocos, me atrevería a decir que raras son las excepciones, los entrenadores que han perdido la relación con la naturaleza y actúan dando la razón al narrador urbanita. Para ellos lo razonable, al hacer un 'once', es tirar de currículum. Se fían siempre más de la experiencia de un veterano que de las ganas de quien tiene el expediente impoluto. Hasta que no les queda más remedio. La suma de adversidades diezma la manada y no hay lobos viejos suficientes, es entonces cuando salen de caza los recién llegados y no solo no desmerecen a los que reemplazan sino que les superan. La irrupción de Waldo-Gualdo desmiente a los entrenadores casposos y a los narradores urbanitas. Da gusto verle merodear el área. Ycaza.