El Real Valladolid y la fantasía del niño Verde

El autor recuerda cómo soñaba de pequeño con ser futbolista

Verde seca el balón con la camiseta antes de lanzar el penalti frente al Eibar. /Ramón Gómez
Verde seca el balón con la camiseta antes de lanzar el penalti frente al Eibar. / Ramón Gómez
JOAQUÍN ROBLEDO

De niño, como casi todos, fantaseaba con ser futbolista, con que lo era. Tanto en los partidos mixtos que jugaba en los recreos con mis compañeros de escuela, como cuando pateaba el balón solo en el corral de casa, narraba -de forma desmesuradamente hiperbólica, claro- mis hazañas. Así, el patio de la escuela bien podría ser Maracaná y el disparo contra la trasera cualquier martes a las seis y pico de la tarde, el lanzamiento a puerta en el último minuto de la prórroga de la final de un Mundial que España acababa de ganar con ese postrer gol mío. Más aun cuando el ayuntamiento mandó hacer al herrero un par de porterías reglamentarias y las colocó bien asidas al suelo en un terreno frente a las escuelas. La ilusión se nos desbordó, fue tan grande como la frustración sobrevenida el maldito día que el ayuntamiento, por la denuncia de una medio rica de la comarca que tenía unas tierras al lado de nuestro 'estadio', hubo de retirarlas. Nunca insulté, ni lo volvería a hacer, con tanta rabia, desde tan dentro, como cuando, al poco, ella pasó a mi lado con su coche.

¡Ladrona de porterías!

Frenó y me comí -tragando toda la bilis como guarnición, pero era una persona mayor y habíamos aprendido que no se les debía contestar- la reprimenda.

Y se lo voy a decir a tu padre -concluyó.

Mi padre me riñó por la convención, así tenía que hacerlo, pero en realidad la liviandad de la bronca me dejó claro que en el fondo me daba la razón.

Con porterías o sin ellas, jugaba fantaseando y relataba la fantasía. Pero algo, una circunstancia, me desasosegaba: ¿cómo harían los profesionales para que les salieran tan bien las repeticiones? Yo, por más que lo intentaba, no conseguía que dos tiros fueran al mismo sitio y ellos, todos, eran capaces de hacer una y otra vez exactamente -a veces más deprisa, a veces más despacio- lo mismo.

Otra cosa me sorprendía, cómo, siendo capaces de aquello tan inverosímil, era posible que luego errasen en circunstancias mucho más proclives. No lo entendía. Cogía el balón, me colocaba a unos diez pasos de la portería -o de lo que de ella hiciese- y, a diferencia de Cardeñosa frente a Brasil, siempre metía gol pese a los intentos de cualquiera de mis amigos. Cuando ellos lo intentaban, el resultado era irremisiblemente el mismo. Gol.

No lo entendía aunque algún mayor me respondió con una frase enigmática. «Hay que estar ahí», repetía sin aclararnos qué diferencia podía haber entre ahí y aquí si el balón era igual de redondo y la portería igual de gigantesca.

Verde, aunque haya sido niño mucho después que yo, a buen seguro que lustró su infancia con fantasías similares. Él, sin embargo, está más cerca de hacerlas reales. El árbitro ha pitado penalti cuando el partido está concluyendo y su equipo pierde. Toma el balón, lo mima, lo acaricia como si fuera su propia cabeza de niño. Fija la mirada. Conoce la importancia de romper una mala dinámica, tiene presente que los cinco anteriores terminaron mal. Es su momento. En su cerebro va relatando la jugada. Últimos minutos, Verde se dispone a lanzar el penalti, toma carrerilla…