El Real Valladolid sí pasó por el Bernabéu... e incluso jugó

El autor critica la opacidad e invisibilidad que ha tenido la actuación del equipo de Sergio González en su brillante partido ante el Real Madrid

Masip se lamenta por el gol encajado en el Bernabéu. /Juan Medina-Reuters
Masip se lamenta por el gol encajado en el Bernabéu. / Juan Medina-Reuters
JESÚS MORENO Valladolid

Una de las peores cosas que tiene competir en Primera División es el guion preestablecido según el cual los dos equipos grandes jugarán bien o jugarán mal, ya sea por méritos propios, ya sea por la ausencia de los mismos, pero siempre sin un rival delante que lo incomode, que merezca una línea en las crónicas de los medios de mayor difusión por no ser digno de compartir espacio con aquellos clubes con mayor número de seguidores; de manera que resultarán silenciados, borrados de las fotografías como se solía hacer en las dictaduras con el opositor incómodo para el régimen.

Así, el Real Valladolid compareció en el Bernabéu pero nadie adivinó a distinguirlo. Lo hizo difuminado, entre rayas que distorsionaban su imagen como sucedía hace años con la programación de 'Canal +', como si la bruma de la Castellana a la que cantaba Ariel Rot se hubiera extendido hasta cubrir a todos los jugadores del Pucela de manera que los perseguía por todo el campo como esa incómoda nube de los tebeos que descarga agua sobre un único personaje. Alejado de unos focos mediáticos que dedicaban todos sus esfuerzos a encumbrar a la categoría de héroe de la patria a un muchacho por un gol que no anotó, el partido del equipo quedará recordado para siempre por sus fieles como un capítulo más de lo que pudo haber sido. La suerte, al final, no es tan caprichosa como se dice. Casi nunca se posa en la casa del humilde, sino que también se deja seducir, porca miseria, por el color del dinero.

Por fortuna, el sábado el Real Valladolid volverá a aparecer dibujado a todo color con boca, nariz y ojos, con sus rayas, sus llamas, sus espadas y su corona. No para los grandes medios, que seguirán su peregrinar acompañando a los dos trasatlánticos como si formaran parte de la corte de Gerges en los '300', sino para todos aquellos que disfrutan orgullosos de los suyos en silencio, sin alharacas, como una suerte de resistencia partisana que ha convertido el himno del equipo en su 'Bella Ciao' particular. El Pucela este fin de semana volverá a hacerse visible para todos sus seguidores -esa inmensa minoría- como el músico que firma su recital más íntimo en aquel local que lo vio nacer. Ese día los únicos los focos serán los ojos de sus aficionados. Y para qué más.

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