Real Valladolid y Sevilla, cuando el fútbol solo era un deporte

La eliminatoria de Copa de 1928 entre andaluces y pucelanos dejó innumerables muestras de nobleza, compañerismo y deportividad

Insólita pose de los dos equipos durante el descanso del partido, tras haber entregado sendos ramos de flores a la madrina del R.Valladolid, Pilar Sánchez Huerta, que aparece en el palco rodeada de los jugadores. EnEn primer término, abrazados, los dos guardametas, Guillermo Eizaguirre y José Arana, y a la izquierda uno de los liniers./
Insólita pose de los dos equipos durante el descanso del partido, tras haber entregado sendos ramos de flores a la madrina del R.Valladolid, Pilar Sánchez Huerta, que aparece en el palco rodeada de los jugadores. EnEn primer término, abrazados, los dos guardametas, Guillermo Eizaguirre y José Arana, y a la izquierda uno de los liniers.
JOSÉ MIGUEL ORTEGA

El fútbol profesional en España estaba todavía organizándose –aquel año empezó a disputarse el campeonato de Liga- y mantenía las señas de identidad de los pioneros sportsman que lo habían importado de las Islas Británicas. Salvo los equipos grandes –Madrid, Barcelona, Español y At. Bilbao-, que tenían a profesionales bien pagados, el resto competía con plantillas que jugaban por amor al arte y algunos futbolistas que cobraban cantidades poco representativas. El jugador mejor pagado del Valladolid era el portero Arana, que tenía una ficha de 500 pesetas.

Real Valladolid y Sevilla militaban aquella temporada en segunda división, aunque el conjunto hispalense tenía un historial mucho más brillante que el del club blanquivioleta, fundado unos meses antes. Así que la eliminatoria copera que emparejaba a ambos equipos constituyó todo un acontecimiento en la capital del Pisuerga, que iba a tener la oportunidad de ver en acción al famoso portero Guillermo Eizaguirre, al que apodaban El Ángel Volador por su espectacular estilo, que terminaría llevándole a la selección nacional, a pesar de la dura competencia que le tocó vivir con Ricardo Zamora. Por cierto, otro sevillista que también jugó aquel partido, el volante Ocaña, ya había estado entonces en el equipo nacional.

El 9 de diciembre de 1928 se celebró en el campo de la Sociedad Taurina el choque de ida de la eliminatoria que, contra pronóstico, se resolvió en favor del Valladolid por un merecido 2-0, con goles de Anduiza, en el minuto 40, y de Perico San Miguel, en el 76.

Chano Echevarrría, que resultó lesionado de cierta gravedad, en el partido de vuelta, celebrado en el recién inaugurado campo de «Nervión». El pañuelo en la frente era una de sus señas de identidad
Chano Echevarrría, que resultó lesionado de cierta gravedad, en el partido de vuelta, celebrado en el recién inaugurado campo de «Nervión». El pañuelo en la frente era una de sus señas de identidad

Los de Platko hicieron un gran partido y ganaron a pesar de Ramón Melcón, célebre árbitro que después derivó en periodista (esto tampoco es nuevo), que por lo que decían las crónicas estuvo bastante anticasero, aunque por encima del aspecto puramente deportivo de este match, hubo otros detalles que deberían servir de ejemplo para lo que hoy ocurre frecuentemente en todos los estadios del mundo.

En el descanso de aquel partido, los capitanes de ambos bandos le hicieron entrega de sendos ramos de flores a la madrina del Real Valladolid, Pilar Sánchez Huerta, distinguida joven vallisoletana que pronto se casaría con Federico Couder, el primer gran tenista que hubo en esta ciudad, y que alumbraría a uno de los grandes de este deporte en España, Juan Manuel Couder.

Pese a ir perdiendo, los jugadores del Sevilla no tuvieron ningún reparo de hacerse la foto que ilustra el presenta artículo, y que es un canto a la amistad, la deportividad, el compañerismo y el fair play.

Tras el partido, la directiva del Valladolid invitó a los jugadores de ambos equipos a un lunch –fiambres y vino de Jerez- en el Café Valladolid, que ocupaba la parte baja del edificio donde estaba la sede social, en la calle Duque de la Victoria. Y después de este insólito acto de hermanamiento, los vallisoletanos dieron otro ejemplo de hospitalidad acompañando a los sevillanos a la estación, para coger el expreso con destino a Madrid.

El cronista de El Norte de Castilla, Eduardo López Pérez, que se escondía tras las siglas X.Y.Z., terminaba su crónica el siguiente comentario: «Nos rogaron los distinguidos deportistas sevillanos, que hiciéramos constar su agradecimiento a todos cuantos han tenido con ellos atenciones y agasajos que no olvidarán, y a los que desean vivamente corresponder».

Una semana después, el Real Valladolid viajó a Sevilla con la esperanza de hacer valer su ventaja en la eliminatoria, pero se encontró pronto con una mala suerte realmente inaudita, ya que en la primera parte perdió a un hombre importante, Echevarría, lesionado de cierta gravedad, y poco después a los otros dos medios volantes, Orúe y Sarralde, que chocaron violentamente entre sí y, ante el riesgo de dejar al equipo con ocho jugadores, optaron por permanecer en el campo como figuras decorativas, extremo derecho e izquierdo respectivamente, por si podían marcar lo que entonces se llamaba «gol del cojo».

Con este panorama, el Valladolid estuvo a merced de un voraz Sevilla, especialmente su delantero Castro, autor de cinco tantos, que resolvió la eliminatoria por un contundente 8-0.

La prensa sevillana, sin embargo, se deshizo en elogios hacia los visitantes, destacando su deportividad a pesar del «chaparrón» que les estaba cayendo, y la calidad de algunos jugadores, como Perico San Miguel y Martín. El médico del Sevilla se preocupó de llevar en su propio coche al hospital a Echevarría, y los directivos andaluces invitaron a cenar a sus rivales, brindado por los éxitos futuros de ambos equipos.

¡Cómo han cambiado las cosas de ayer a hoy!