El Real Valladolid al fin venció a su bestia negra

El autor compara los miedos internos del Pucela con los de Nadal cuando se enfrenta a Djokovic

Los jugadores del Real Valladolid celebran uno de los tantos logrados frente al Celta de Vigo. /Gabriel Villamil
Los jugadores del Real Valladolid celebran uno de los tantos logrados frente al Celta de Vigo. / Gabriel Villamil
JESÚS MORENO

California, 20 de marzo de 2011. El día en el que todo cambió. Hasta esa fecha, Rafa Nadal había conseguido derrotar la mayoría de las veces a la otra cara de su misma moneda, Novak Djokovic. Cada vez que se enfrentaban en el último partido de un torneo, la victoria siempre había caído del lado del de Manacor. Pero en aquel partido de Indian Wells, enclavado en medio del desierto como un duelo al sol de Sergio Leone, el serbio no solo remontó un marcador adverso para derrotar por primera vez a Nadal en una final, ese día también cortocircuitó la mejor arma que posee el tenista español, su cabeza, y le inoculó un virus que se reproduce cada vez que se ven las caras. El de la falta de confianza.

El domingo pasado, cuando Djokovic entró en pista, Rafa no vio a un tenista, sino que se le representaron todos sus temores. Fue como tratar de escalar una montaña, el Muro de Juego de Tronos. No fue un partido de tenis, era una batalla mental, casi una partida de ajedrez. Y Nadal, que hasta ese día se había comportado como el cacique del torneo, sucumbió víctima de su cabeza, de sus propios fantasmas.

Apenas unos minutos después, el Real Valladolid compareció en escena para disputar el mismo partido contra el mismo rival. Como le pasó a Rafa Nadal, por duro que resultara el adversario, su bestia negra no estaba delante, sino que la tenía dentro. Contra el Celta, vale, pero también contra sí mismo, contra aquellos espectros que se le aparecen en casa cada quince días. Contra el gol tempranero, contra los errores propios y los aciertos ajenos. Desde hacía un tiempo, el Pucela había mutado. Había dejado de ser el martillo que con un solo golpe hacía besar la lona de su oponente, para transformarse en ese clavo al que solo se le pedía que aguantara en pie mientras arreciaban los ataques.

Sin duda, el fútbol es un estado de ánimo. Quizá todo en la vida lo sea, quién sabe si la manera de enfrentarse a los retos dependa del humor con el que uno los encara, pero desde luego, donde mejor se observa la influencia de esa mentalidad es en el deporte. Por eso fue tan importante la victoria del Real Valladolid, por el regusto que deja ganar remontando, por sobreponerse al rival y a sus propios miedos y, sobre todo, para volver a convencerse de que pueden hacerlo.

 

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