De regaliz a moto

El empate en Vigo tiene más valor del que aparenta, en especial porque es la confirmación de que el equipo crece

De regaliz a moto
JOAQUÍN ROBLEDO

En los bancos de la plaza, como siempre a esa hora, un corro de chavales hablaba de sus cosas y así, entre bromas y veras, la pandilla iba haciendo la tarde. Manuel, probablemente el más avispado del grupo, quiso tomar una nota pero antes de ir al encuentro había pasado por casa para coger la merienda. Aprovechó para dejar la mochila, no tenía pues un bolígrafo a mano. Esa semana, además, estaba castigado sin móvil. No era cuestión de confiar tan solo en su memoria para retener las fechas de los exámenes que no apuntó en clase porque había pensado que tenía cosas mejores que hacer.

–Si me das un regaliz te lo quedas, aunque te aviso, es rojo.

Dicho y hecho. Teléfono apuntado y un bolígrafo rojo a mayores. No le duró mucho. Al día siguiente, que sí fue al instituto, otro compañero que necesitaba subrayar algo le preguntó que si le sobraba un boli rojo.

– Sí, tengo uno de más. Te lo cambio por ese llavero de tu equipo. Al fin y al cabo juegas allí y puedes conseguir más.

Esa noche, a Manuel le dio por curiosear en la red en una página de intercambos. Un coleccionista le ofreció un flexo por el llavero. El asunto le picó y volvió a entrar en días sucesivos. De esta manera, con un estudiante canjeó el flexo por una cazadora; con un recién parado obligado a volver a casa de sus padres, la cazadora por una cama que escondió en la peña; con una pareja a punto de ser tres, la cama por una bici... Con cada trueque Manuel solucionaba un problema a sus respectivos intrerlocutores y conseguía un objeto de más valor. Con el paso de los días, las vueltas de aquel regaliz habían aparcado una moto en el garaje de casa.

Cinco son ya los intercambios efectuados por el Real Valladolid. Al primero, y casi sin querer, se presento con un regaliz. Se le vio inferior pero aguantó el envite. Volvió a casa con un bolígrafo. Desde entonces no ha hecho más que crecer. El estirón de ayer, sin embargo, es uno de los que se palpan, uno digno del '¡cómo has crecido!' de la abuela que te vio el fin de semana pasado. Un estirón que llega más arriba que el valor del punto obtenido debido al enorme peso de la forma de alcanzarlo. Vigo no es una plaza cualquiera y verse –nuevo, tierno, casi de puntillas–, perdiendo por dos goles en poco más de media docena de minutos agrietan la moral de cualquiera. De cualquiera que no sea este Pucela que se rehizo y apocó al rival. Cuando tras remar y merecer el empate, se encuentran con otro mazazo, lo lógico es pensar que no habrá un tercer aire. Lo lógico para cualquiera que no sea este Pucela que se rerehizo hasta merecer mucho más. Así, sabiendo qué quiere, teniendo un plan para lograrlo y peleando cada balón, este equipo aparcará la moto en el garaje de Zorrilla.