La regañina al Real Valladolid por no acudir a clases de VAR

El autor analiza la respuesta de los «portavoces oficiosos del colectivo arbitral» traslas quejas por la aplicación del videoarbitraje

Undiano Mallenco pide calma a los jugadores mientras escucha la comunicación de sus compañeros en la sala de videoarbitraje de Las Rozas./G. Villamil
Undiano Mallenco pide calma a los jugadores mientras escucha la comunicación de sus compañeros en la sala de videoarbitraje de Las Rozas. / G. Villamil
JESÚS MORENO

De todo lo sucedido el sábado pasado contra el Atlético de Madrid, lo más indignante no fue el baile de Griezmann tras marcar un gol de penalti -una de esas actitudes evitables, de las que pueden generar más violencia que acudir a un estadio luciendo la camiseta del equipo visitante, y de las que pone en cuestión la inteligencia del personaje-. Tampoco lo fue el arbitraje de Undiano Mallenco que, como la gota china, poco a poco, sin que se note, sabe como dirigir un partido para no irritar a los que realmente le pueden poner en el disparadero. Y no, tampoco fue el vídeo arbitraje disfuncional desde Las Rozas como si, por momentos, la señal de televisión no llegara a aquella localidad.

Lo más indignante fue ver cómo el Real Valladolid era desposeído del derecho a recibir un trato justo por el simple hecho de no haber recibido 'clases de VAR' en el transcurso del pasado verano. Ese ha sido el salvoconducto utilizado por los portavoces oficiosos del colectivo arbitral para no reconocer que los errores que se cometen son, no solo más groseros, sino que, además ahora se hacen acompañar de cierto olor a parcialidad y prevaricación. En este teatrillo del fútbol, no concibo nada más humillante que soportar una regañina después de sufrir una injusticia televisada, con luz y taquígrafos.

De haber asistido a clase, el equipo y el cuerpo técnico sabrían que han desaparecido las jugadas claras o los errores manifiestos ya que, desde el verano, todo es interpretable y queda sujeto al criterio del árbitro de turno. A costa de despojar al fútbol de todo tipo de certezas, lo único que perdurará a partir de ahora es la idea de que el equipo arbitral, en una suerte de infalibilidad pontificia, no se equivoca nunca, pues todo formará parte de la interpretación que de cada acción quieran hacer bien desde el terreno de juego o bien desde Las Rozas.

El VAR, herramienta presentada para sustituir lo que el ojo no ve, como 'El Gran Hermano' del fútbol capaz de impartir justicia allá donde el árbitro no llega, ha conseguido en apenas unos meses que se exhalen suspiros de esa nostalgia que recuerda que cualquier tiempo pasado fue mejor. En el Show de Truman, aquella película de Jim Carrey, todo es una farsa en la que nada es lo que parece. El Show de Tebas va camino de lo mismo.

 

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