Sangre fresca hasta llenar un vestuario

A medida que cae el telón solo van quedando en pie los últimos en llegar: Waldo, Moi, Guardiola,...

Waldo Rubio trata de sacarle un balón a Pablo Sarabia, en el suelo. /Villamil
Waldo Rubio trata de sacarle un balón a Pablo Sarabia, en el suelo. / Villamil
Luis Miguel de Pablos
LUIS MIGUEL DE PABLOSValladolid

Tieso estaba el Valencia cuando el Valladolid pasó por Mestalla allá por el mes de enero, y en siete jornadas se plantó a un paso de Europa tras tres victorias y cuatro empates. Y muerto se comió el Huesca el turrón, y de la noche a la mañana, siete jornadas después, seguía último pero con tres victorias y un empate más, además de una sensación de equipo comprometido que persigue cualquier sombra, hasta la del árbitro, y no da un balón por perdido. Entre uno y otro hay en común una transformación en siete jornadas. Las mismas que le quedan a este Valladolid –que desde luego no es aquel Valencia ni siquiera este Huesca– para pelear la permanencia.

Por lo tanto, ¿es posible? Sí. ¿Con las mismas caras? Está visto que no. Las últimas semanas han confirmado que a medida que se va cayendo el telón, los únicos que quedan en pie son precisamente los últimos en llegar. Guardiola fue el mejor el primer día que llegó, y lo ha sido también unos cuantos días más; Waldo mejoró lo presente en su debut en Leganés y también con el Sevilla dejó las mejores sensaciones; e incluso Moi se pareció al mejor Nacho de los meses de octubre y noviembre.

En pleno seísmo y encerrado, más bien acogotado como estuvo el Valladolid en Leganés, el técnico dio un paso adelante al sacar del campo a Míchel y dar entrada a Waldo para acercar a Plano a Sergi Guardiola. Varios litros más de sangre fresca que sumar a los de Moi en el campo. Los dos aportan chispa a un grupo con facilidad para desconectarse... pero también cabeza limpia. Ni uno ni otro están contaminados por ese chip defensivo que padece el resto, obligados casi por norma a buscar un pase atrás cada vez que hay ocasión.

Los de Sergio acababan de dar la misma vuelta para llegar al mismo punto que el jueves anterior. Con un puñado más de ocasiones, cierto. Tan cierto como el tembleque que se hizo notar en la reanudación con jugadores que no veían más allá del patadón.

La salida de vestuarios, calcada a la de Butarque, había dejado al Valladolid en manos del Sevilla. Dos pasos atrás... y 'despeje-defensa, defensa-despeje', con el balón durmiendo en las botas de Banega a la espera de que llegara a los dominios de Sarabia y Ben Yedder. A expensas de que llegara la inspiración del tándem referencia en esta liga, que suma 26 goles en 31 jornadas, dos más que todo el Valladolid junto.

El buen comienzo de partido del Valladolid quedó en esta ocasión teñido por su nulo acierto antes de dar paso al episodio de las caras. Caras de derrota, que insinuó el técnico en sala de prensa, cuando aún quedaban cuarenta y cinco minutos para enmendar la plana.

No fueron suficientes para sumar los tres puntos, pero ahora quedan otros 630 minutos para parecerse al Valencia de febrero o al Huesca de marzo. Hace falta sangre fresca no contaminada que llene ese vestuario de ganas e ilusión por sacar la situación adelante. Más Waldos, algún que otro Moi y clones de Guardiola que peleen por cada balón.