sergio 2020

El autor reconoce que no apostaba porque el técnico revertiera la mala situación que atravesaba el equipo en abril

Sergio González, con la mirada perdida en el último encuentro ante el Alavés. /Ramón Gómez
Sergio González, con la mirada perdida en el último encuentro ante el Alavés. / Ramón Gómez
JESÚS MORENOValladolid

Tengo que reconocer que jamás pensé que aquella persona sin experiencia en segunda, con un discurso excesivamente sencillo para lo que se estila hoy, sin tanto carisma -quizá- como otros técnicos más cuajados en el mundo del fútbol, y cuya llegada podría ser apreciada casi como la del sacerdote que se apresta a aplicar la extremaunción de un moribundo, protagonizaría cinco meses después una de esas historias de amor con el club y la ciudad entera de las de ver por televisión un viernes por la noche, en pareja, en el sofá, acurrucados, cobijados bajo una manta. De las de sonrisas, lágrimas, intriga y final feliz.

El Real Valladolid comunicaba ayer en su página web la renovación de los votos de ese matrimonio imaginario, la prolongación durante al menos un año más del idilio con el entrenador de la primera plantilla, y lo hacía con un titular que parece más propio del eslogan con el que se presenta una candidatura política que de un anuncio deportivo. Un lema que sirve para empapelar las calles de la ciudad con carteles electorales en el que aparezca la cara del preparador, sirve para generar confianza y sirve para resumir todo un programa de gobierno -o, si lo prefieren, todo un proyecto deportivo- en una sola frase: Sergio 2020. Siempre he considerado que la piedra angular sobre la que debe girar el entramado deportivo de un club profesional debe pasar sobre todas las cosas por la continuidad del cuerpo técnico, por no tener que empezar de cero cada temporada, por ir madurando el estilo hasta el punto de que en un momento dado no importe tanto si sobre el césped está tal o cual jugador porque el orden de los factores no alterará el resultado.

Se ha hablado tantas veces de configurar un proyecto que sería demasiado injusto no reconocerlo cuando lo tenemos delante. El Real Valladolid ha conseguido dar continuidad a un cuerpo técnico que ha demostrado capacidad de sobra para exprimir a esta plantilla hasta conseguir sus objetivos, ha conseguido renovar aquellos pequeños objetos de deseo que posee la entidad y ha conseguido dotar de un perfil profesional a las categorías inferiores que permitan asegurar el futuro a medio plazo. Solo hace falta que los resultados, jueces inmisericordes que tienden a provocar amnesia, nerviosismo y ansiedad por partes iguales, acompañen para que nadie sienta la tentación de acabar con ello de un portazo.

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