Demasiado Tarde

La historia se vuelve de nuevo contra el Valladolid, que para el articulista cae de nuevo en los viejos vicios que le han acompañado

Calero, MAsip, Borja y Olivas, en el partido ante el Alcorcón. /
Calero, MAsip, Borja y Olivas, en el partido ante el Alcorcón.
JESÚS MORENO

No hace tanto, comentaba en estas mismas páginas que el Real Valladolid -como si hubiera sido sacado de un episodio de Los Simpson- había adquirido la capacidad de predecirse a sí mismo, de forma que cualquiera que observe su devenir año tras año es capaz de adivinar qué futuro le depara al equipo sin necesidad alguna de recurrir a ninguna ciencia oculta, vidente o taumatúrgica. El inicio fulgurante de cada principio de sesión, la tempranera llegada a la cima en su rendimiento deportivo y la posterior desaceleración y descenso en los objetivos marcados para la temporada, no son otra cosa que una secuencia de hechos que se repiten en bucle cada curso y que provoca que, con suma facilidad, se vaticinen los sucesivos episodios por los que discurrirá el equipo sin que para ello sea preciso acudir a una pitonisa que interprete el vuelo de las aves, tire las cartas del tarot o lea los posos del café.

El actual Real Valladolid no es otra cosa que el vivo retrato de todos aquellos ascendientes que lo intentaron antes que él. Ha heredado los mismos defectos que le desangran a poco de empezar el campeonato y que ya no es capaz de sacudirse por muchas variaciones que realice. El equipo de Luis César Sampedro, como el de tantos otros antes que el suyo, no compite. No lo hace como una suerte de hecho diferencial, de ADN, de pecado original que arrastra cada plantilla sin importar las veces que se reinvente. Quizá porque considere que no lo necesita, pues confía demasiado en que el nombre de la institución a la que representa infunda miedo suficiente en el contrario como para que se rinda antes de empezar el partido. Quizá porque no sabe cómo hacerlo. Quizá porque tampoco hay nadie que se lo enseñe.

La competición lastra y la confianza merma. Desde que Luis César se inmoló hace unos días delante de todos, carece de ascendencia y capacidad suficiente como para revertir la situación. Los resultados mandan y, sin embargo, el técnico había demostrado una encomiable capacidad de supervivencia hasta que se mostró demasiado humano para un fútbol demasiado profesional. Permanecerá con respiración asistida enganchado al banquillo, con una plantilla con más pasado que futuro en la entidad, a la deriva, sin capacidad para competir ni para reaccionar. Y con la sensación de que ahora ya es demasiado tarde para todo.

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