La tormenta perfecta

El autor incide en la necesidad de mantener y reforzar la comunión existente entre plantilla y afición, sea cual sea el resultado final de la temporada

Mateu Lahoz explica a Borja el por qué de su tarjeta amarilla. /Villamil
Mateu Lahoz explica a Borja el por qué de su tarjeta amarilla. / Villamil
JESÚS MORENOValladolid

La escena sucedió así: Mateu Lahoz se acercó al banquillo local con una tarjeta amarilla en la mano y, antes de elevarla a los cielos, hizo que Borja se pusiera en pie para explicarle los motivos de su amonestación. En esto del fútbol, ese árbitro se caracteriza por ser el único que explica sus decisiones, como si con ello buscara que nadie pudiera impugnarlas por falta de motivación suficiente, en una suerte de resolución administrativa, en una especie de sentencia judicial. De esa forma, Mateu previamente a mostrar la tarjeta amarilla, realizó un círculo en el aire con su dedo, señalando a todo el graderío. Diera la sensación de indicar que, con sus protestas, Borja le estaba echando al aficionado encima.

Aquel gesto fue como la firma de un notario que daba fe de lo que estaba ocurriendo en el estadio desde finales de la temporada pasada. Venía a confirmar que Zorrilla, por fin, a ojos no solo propios sino ajenos, se había convertido en la caldera que insufla moral a los suyos y carga de presión a los contrarios, entendiendo como tal los otros dos equipos –visitante y arbitral– que comparecen sobre el césped cada quince días.

Hace años escribí que el secreto del éxito de un equipo que por entonces vagaba por Segunda División, radicaba en retroalimentar el sacrificio de los jugadores con el aliento de veinte mil almas en sus asientos. Por rellenar cada domingo de partido ese esqueleto de multitudes que por entonces era un José Zorrilla semivacío. Hoy, tiempo después, reconozco que me equivoqué. No es difícil comprobar que la gloria en el mundo del deporte depende de muchísimos más factores que de un grupo de futbolistas esforzados y una afición multitudinaria y entregada. Que, en el fútbol profesional de élite, la heroica casi siempre choca con el dinero de los más poderosos. Sin embargo, esta conexión entre equipo y afición es la única forma de igualar fuerzas, de poner de nuevo en pie al boxeador cuando cada golpe que recibe lo hace besar la lona, de conseguir que el corazón continúe latiendo cuando el resto de órganos falla.

No sé si se logrará la permanencia o el equipo volverá a descender a los infiernos, pero tengo claro que el futuro pasa por mantener esa comunión entre equipo y afición forjada en este último año a base de golpes, gestas, compromiso e injusticias. De prolongar, 'ad eternum', la tormenta perfecta que se genera cada partido.