Verde, el recurso del Real Valladolid en los últimos minutos

Daniele coge el balón, sabes que va a disparar, lo sabes tú, lo sabe el compañero, lo sabe el rival y, a pesar de todo, no hay forma de evitarlo

Daniele Verde se lamenta de una ocasión fallada./Ramón Gómez
Daniele Verde se lamenta de una ocasión fallada. / Ramón Gómez
JOAQUÍN ROBLEDOValladolid

Cada cosa parece en su sitio, «el barco sobre la mar y el caballo en la montaña». Pero así, con cada pieza académicamente en su sitio, pese a la armonía del funcionamiento colectivo del equipo, parece que no llega para conseguir un triunfo que se va resistiendo. Es en esos momentos cuando Sergio «con la sombra en la cintura […] sueña en su baranda, verde carne, pelo verde con ojos de fría plata». Sus compañeros entonces se agarran al asa de la esperanza «Verde que te quiero verde» en forma de un chut que desbarate el armazón defensivo del rival. «Verde viento», Daniele coge el balón, sabes que va a disparar, lo sabes tú, lo sabe el compañero, lo sabe el rival y, a pesar de todo, no hay forma de evitarlo, «Verdes ramas», lo hace. De momento, dos en copa, uno en liga, sus zarpazos, «la higuera frota su viento», acabaron en la red. El resto dejaron un ¡uy! y un lamento, las manos al alto, «compadre, vengo sangrando desde los montes de Cabra».

Ayer, sus disparos «grandes estrellas de escarcha» asomaron instantes de peligro que no se certificaron por el buen hacer del portero rival y , «¿no ves la herida que tengo desde el pecho a la garganta?», la impericia de sus compañeros que, esperando el buen fin del disparo, no se percataron de que el juego continúa, de que los defensas del rival «temblaban en los tejados farolillos de hojalata» mientras la pelota flotaba en las inmediaciones de la portería. Los suyos, «el barco sobre la mar y el caballo en la montaña», cuando Verde arma la pierna, saben, sabemos, que va a disparar. Deberían colocarse atentos al rechace, vivos, fuera del fuera de juego, porque a buen seguro llegará la visita que esperan. El balón «compadre, ¿dónde está, dime?» aparecerá, estará allí «¡cuántas veces te esperó!» y el filo de la navaja será doble. Cortará el disparó, sajará el rechace.

A pesar de ello, o tal vez por ello, «el barco sobre la mar y el caballo en la montaña», cada pieza académicamente en su sitio, el espacio del Verde esperanza solo llega en las postrimerías, cuando «mil panderos de cristal herían la madrugada» y no queda tiempo para más que la desesperada. Es entonces, solo entonces, cuando Sergio se rebela y no quiere morir «decentemente en mi cama». Es entonces, solo entonces, cuando «la noche se puso íntima como una pequeña plaza», el tiempo en que Daniele encuentra su lugar en el verde. Seguramente querría más protagonismo y estaría dispuesto a cambiar «mi caballo por su casa, mi montura por su espejo, mi cuchillo por su manta» sus minutos de agitación por una presencia más constante. Mientras llega ese momento, Verde que te quiero verde, durante setenta minutos «las cosas le están mirando y […] no puede mirarlas», aguanta en la baranda del banquillo. Por más que Lorca, don Federico García, al igual que nosotros, asocie al verde con la esperanza y demos un respingo cuando el italiano arma la pierna.

 

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