Las virtudes innegociables que debería tener el Real Valladolid

El autor hace un repaso a los pilares del Real Valladolid que se han tambaleado en los últimos partidos

Keko se lleva las manos a la cara durante el partido del Real Valladolid ante el Levante. /Ramón Gómez
Keko se lleva las manos a la cara durante el partido del Real Valladolid ante el Levante. / Ramón Gómez
JESÚS MORENO

Aquel partido de hace unas semanas en Mestalla hizo daño, demasiado para un equipo que acababa de cosechar un empate con las mismas armas con las que había puntuado en el resto de campos que hasta ese momento había visitado. Sin embargo, ese día, la crítica por el juego desplegado fue especialmente dura. Al finalizar aquel encuentro en el imaginario colectivo se representó un Real Valladolid capaz de pelear de tú a tú a prácticamente cualquier rival y lo visto en Valencia, un equipo resguardado, casi cobarde, miedoso como un animal acorralado, iba en contra de esa condición, casi recién estrenada, de 'primus inter pares'. El Pucela, por circunstancias del guion, llevaba jornadas ofreciendo una versión más recia, más corajuda, más fea, y sucede que gran parte del entorno no había sabido asimilar la transición de aquel rostro amable que se mostraba en el inolvidable mes de octubre, con esa otra mueca tan áspera que se podría encender un fósforo con solo frotarlo sobre la mentón y tan dura que cualquiera podría asegurar que utiliza el filo de un cuchillo de caza para rasurar la barba.

Así, el Real Valladolid, en una nueva vuelta de tuerca más, apareció en Huesca con un disfraz que no es el suyo. Olvidó lo que quiere ser y se transformó en lo que siempre fue, en lo que le hizo descender un día para obligarlo a vagar durante años por las catacumbas de la Segunda División. Por primera vez desde que Sergio González aterrizo en la ciudad para, en una suerte de Padre Karras, expulsar del equipo aquellos vicios que habían condenado al club a vivir una de las penurias más duraderas de su historia, el equipo dejó de ser él mismo. Por querer parecerse a lo que nunca ha sido, perdió sus señas de identidad, las únicas virtudes innegociables en un equipo al que no le sobra nada; la intensidad y el orden, vitales para encontrarse en la categoría a la que ahora mismo se agarra. Y dejó de competir cuando más necesario era que lo hiciera.

De todas las dudas que de pronto se abalanzaron sobre el equipo tras la derrota, la única que realmente me inquieta, consiste en saber si lo del otro día fue, como diría Chiquito de la Calzada, esa mala tarde que puede tener cualquiera, o si, por contra, se trata de los primeros síntomas de algo peor. El viernes la despejaremos.