Su vivo retrato

El autor hace una similitud del último partido del Real Valladolid con la batalla de Villalar en un día tan señalado como es el 23 de abril

El portero del Girona Bounou llega al área para rematar el último córner del partido. /Villamil
El portero del Girona Bounou llega al área para rematar el último córner del partido. / Villamil
JESÚS MORENOValladolid

No las tenía yo todas conmigo cuando caminaba el martes al estadio. Eso de que haya partido del Pucela cuando Castilla y León celebra su día no me terminaba de convencer. No tanto porque fuera festivo o hubiera gente en los festejos de Villalar que pudieran restar público al estadio, sino porque a los castellanos no se nos da bien eso de ganar el 23 de abril. De 1521 hasta nuestros días, esa fecha aparece marcada por la derrota en el calendario de la Historia. Desde que Nietzsche me convenció de que la vida era cíclica, que se repetía una y otra vez, que retornaba eternamente, no paro de pensar que puede volver a aparecerse, como los fantasmas más allá de la medianoche, un nuevo gol postrero, un nuevo penalti en el último segundo, un nuevo contrataque fallido o, como me pasó el martes, una nueva derrota de la tropa castellana -esta vez en su versión blanca y violeta- en 23 de abril.

Sin embargo, este Real Valladolid tiene orgullo de pertenencia suficiente como para agarrarse a la Primera División con las únicas armas que pueden marcar las diferencias con las de sus rivales. El trabajo, el sacrificio y el compromiso. Valores que lo convierten en su vivo retrato, que le remontan al equipo de mi infancia, el de los embarrados campos de los ochenta, de cuando las medias caídas y las espinillas al aire. Donde cada porción de terreno se ganaba palmo a palmo como si se trataran de las playas de Normandía. Donde cada balón se luchaba con tanta intensidad que se diría que, detrás de cada jugador vestido con la blanquivioleta, estuviera toda la grada del Viejo Estadio empujando con él.

El Real Valladolid se ha reencontrado consigo mismo y con sus esencias en el momento más importante de la temporada. A uno se le contagia el cansancio por el esfuerzo que el equipo hace durante los noventa y tantos minutos de partido. Hasta se podría decir que provoca dolor en carne propia -y también alguna que otra taquicardia- la manera tan agónica, tan sufrida que está teniendo de agarrarse a la categoría. Sacrificio, compromiso, cantera y una afición entregada de puro orgullo. Entonces eran los únicos ingredientes a los que podían aspirar los humildes para intentar tener éxito. Ahora, en ese eterno retorno emprendido por el Pucela, tienen que volver a serlo.